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La Coctelera

Mis circunstancias y yo (ellas primero)

Escribo para exorcizar pensamientos oscuros

Categoría: Crianza Natural

23 Junio 2009

La lactancia también es posible después de un parto múltiple

 

La organización y el apoyo psicosocial son clave para la madre de trillizos

MÓNICA L. FERRADO - Barcelona - 23/06/2009

(Publicado en El País el 23 de junio de 2009)

Noel tiene trillizos: Bruno, Mateo y Manuela. Como ocurre en muchas gestaciones múltiples, fueron prematuros. Pesaron entre 1.300 y 1.800 gramos. Para su frágil salud, la leche materna es un bien precioso porque contiene proteínas, grasas e inmunoglobinas. Noel tuvo claro desde el principio que quería amamantarlos.

Casi la cuarta parte de las mujeres que tienen un parto múltiple deciden no amamantar a sus bebés porque creen que no van a tener suficiente leche, o porque la organización resulta complicada. Sin embargo, el cuerpo de la madre está preparado. Eso sí, la multilactancia requiere apoyo social y emocional.

Dar el pecho a más de un bebé, es decir, la multilactancia, es posible si se logra tener confianza en el propio cuerpo, y si el entorno comprende y apoya a la mamá, afirma Gema Cárcamo, presidenta de Multilacta-Lactancia Materna, una asociación de apoyo a las mujeres que dan el pecho especializada en partos múltiples. "La mayoría nos preguntan: '¿Tendré suficiente leche?'. La respuesta es sí. La lactancia de gemelos o trillizos puede ser tan normal como la de un solo niño porque el cuerpo de la mujer responde a la estimulación de sus hijos de forma proporcional. La diferencia está en que es más agotador", dice Gema.

Noel trabaja en casa y contó desde el principio con ayuda familiar. "Eso ha ayudado mucho, corre con ventaja", reconoce. También aplicó grandes dosis de organización. "En el hospital ya me enseñaron a dar el pecho a dos a la vez. Al llegar a casa establecí un ritmo de alimentación para que dos bebés succionaran 10 minutos en cada uno de mis pechos, y el tercero, 10 minutos repartidos en los dos", explica. A los tres meses, Noel dedicaba, con ayuda, una hora y media a cada toma. Sola, tardaba dos horas. Por eso empezó a alternar el pecho con biberones de leche maternizada.

"Cuando da el pecho, la mamá tiene que disfrutar. Cada mujer tiene su propia lactancia, y todas están bien si ella se siente bien. Más vale un biberón que dar la teta de mala gana", afirma Gema, que tiene gemelos. Como asesora de Multilacta, también ha ayudado a muchas mamás a conocer las diferentes técnicas que existen. La asociación cuenta con grupos de apoyo en toda España (www.multilacta.org).

Algunas mamás prefieren amamantar a los niños de uno en uno. Es la opción que más tiempo consume. Otra posibilidad consiste en poner a dos de ellos a mamar a la vez. Cuando son trillizos, el tercero espera su turno cerca porque así está más tranquilo. Después, mama un poco de cada pecho. En la siguiente toma, el último debe ser el primero. Llevar un calendario es fundamental.

"La leche se adapta a este juego y es muy homogénea", afirma Gema. Aún hay otra posibilidad: amamantar a dos niños y dar a uno de ellos biberón de leche de fórmula o extraída de la propia madre con el sacaleches.

La madre deberá cuidarse mucho porque el desgaste físico es mayor. Hay que descansar todo lo que se pueda. Beber mucho y comer una dieta a base de alimentos sanos y nutritivos, evitando las grasas saturadas y los dulces.

Noel ha podido dar el pecho a sus hijos un año. El destete tampoco ha sido fácil porque su cuerpo estaba acostumbrado a producir mucha leche. "Poco a poco dejé de darles una toma y sólo mantuve la de la tarde", explica. "Al irnos de vacaciones, estaban distraídos y ni se acordaban de la teta. Al volver, decidí no darles más. La nena ni se enteró. Pero los varones lloriqueaban y si los agarraba en brazos buscaban el pecho. Decidí que si piden los distraigo, pero si insisten no se lo niego".

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15 Junio 2009

Límites según CG

 

¿Hay que ponerles más límites?

(Carlos González)

 

Nuestros hijos son obedientes por naturaleza y cumplen con gran parte de las obligaciones que les imponemos. Entonces, ¿por qué nos obsesionamos en pensar que no les ponemos los suficientes límites? Los niños quieren tanto a sus padres que harán todo lo posible para no contrariarlos y para que se sientan felices y orgullosos. No los abrumemos con prohibiciones absurdas.

Seis años tenía Teresa de Jesús cuando se fugó de casa con su hermanito de cinco para buscar martirio en tierra de infieles. A los once, Santiago Ramón y Cajal derrumbó la puerta de la casa de un vecino con un cañón de fabricación casera...

Pero, claro, los niños de ahora son todos unos gamberros porque no les ponemos límites. Ahora los niños tienen más ropa y más juguetes, es cierto, pero eso sólo les interesa a los niños mayores. Lo que piden los niños pequeños, lo que piden con llantos y rabietas, es atención, brazos, compañía, dormir con sus padres. Y, con respecto a esas demandas, los niños de ahora salen perdiendo.

Antes los niños no solían empezar la escuela hasta los 5 o 6 años, y casi no había guarderías. Ahora, gran parte de los niños están scolarizados antes de cumplir un año. Antes, los niños solían comer en casa, regresaban del colegio a las cinco, pasaban las vacaciones con su familia. Ahora, son muchos los que comen en el cole, se quedan a actividades extraescolares y en verano hay que apuntarlos a algún sitio porque en casa, sencillamente, no hay nadie. Antes, las familias eran más grandes y las casas pequeñas. Muchos niños dormían en la habitación de los padres hasta que comenzaban a dormir con sus hermanos. Ahora, duermen solos.

Nunca tuvieron los niños tantos límites, nunca se les negó tanto lo que de verdad les importa: el contacto con sus padres. Nos quedan muy pocas horas en el día para estar con ellos, sería trágico dedicar esas pocas horas a gritarles, reñirles y castigarles.

 

Las limitaciones de cada día

Un niño sin límites, advierten los expertos, además de tirano y agresivo será desgraciado. Porque los niños necesitan límites. Pero, ¿ es posible que un niño no tenga límites? Tiene que dormir en una determinada casa, la que sus padres han elegido (dentro de su presupuesto, de por sí limitado. Tendrá dos juguetes o cien, pero su número no es infinito. Podrá comer un caramelo o cinco, pero no puede comer mil (y, si lo intenta, le dolerá la barriga). No le dejarán prender fuego a la casa, ni pegar a otros niños. Tiene que ir a clase, tiene que hacer los deberes...

Todos tenemos límites. Pero nunca decimos que un adulto necesita límites para ser feliz. No se venden libros titulados "Cómo poner límites a su esposa/marido". Al contrario, creemos que seríamos más felices si ganáramos más dinero, si nuestra casa fuera más grande, si nuestras vacaciones fueran más exóticas. El deportista, el pianista o el que prepara oposiciones trabajan horas y horas para superar sus límites.

No existen niños sin límites. La cuestión, en todo caso, será si esos límites han de ser más amplios o más estrechos. ¿Qué límites exactamente es el que quieren que estrechemos? ¿Debemos comprarles menos juguetes? (¿Qué opinaría la industria juguetera?) ¿Debemos darles menos comida? ¿Deben ducharse como mucho una vez por semana y con agua fría? ¿Deben estudiar menos horas? ¿O precisamente, en el tema del estudio no valen los límites?

 

¿Padres represores?

"Vi a mi hijo de dos años abriendo la llave del gas/sacándole un ojo al perro/tirando macetas por el balcón, pero como todavía no me he leído el libro "Cómo poner límites", no supe qué hacer y le dejé que siguiera tranquilamente... Por favor, no seamos ridículos. Todos los padres ponemos límites a nuestros hijos continuamente y sin necesidad de tener un máster en "limitología". Y no sólo en casos graves. Todos los padres conseguimos que nuestros hijos vayan al cole, que se vistan, que se laven las manos. Si para usted es importante que su hijo no ponga los codos encima de la mesa, ¿cómo lo hará? ¿Ha probado a decir: "No pongas los codos encima de la mesa"? No es tan difícil. Y si para usted eso no tiene ninguna importancia (pues al fin y al cabo las reglas de urbanidad son arbitrarias y cambiantes), no tiene por qué imponerle ese límite a su hijo, por mucho que lo recomiende un experto.

Claro que si lo que pretende es decir una sola vez en la vida a un niño de quince meses "No pongas los codos encima de la mesa" o a un pequeño de tres años, "Recoge los juguetes", o a uno de siete, "Haz los deberes"... y que a partir de ese momento lo haga todos los días y  espontáneamente, sin remolonear, sonriendo agradecido y gritando "señor, sí, señor", entonces no necesita usted un libro, sino un psicólogo. Para usted, no para el niño. Porque esas son ideas delirantes..Cualquier ser humano tiene una cierta autoridad sobre los demás. Un camarero dice "Por aquí, por favor, tenga la bondad, ¿qué desea para beber?", y el empresario, la ministra, el obispo o el rey le obedecen sin rechistar, caminan en la dirección adecuada, se sientan en el sitio que les indican o dan el nombre de su bebida favorita. Pero si ese mismo camarero hubiera dicho "! Pasa de una vez, que estás estorbando!, ¡que te sientes te he dicho, que me tienes harto!, ¿a qué diablos esperas para pedir la bebida?", cualquiera de nosotros saldría al momento del restaurante para no volver jamás. ¿Y si el camarero se mantiene amable y respetuoso, pero en lugar de limitarse a las cuatro órdenes que puede y tiene que dar, intenta controlar hasta la última minucia? "Señora, por favor, abróchese la blusa. Caballero, tenga la bondad de no hacer ruido al tomar la sopa. Serían ustedes tan amables de no hablar hasta que terminen de comer?...".

 

Derrochar noes

Nos pasamos el día dando y obedeciendo órdenes. Si las órdenes son razonables y están expresadas adecuadamente, casi todo el mundo obedece. Incluso los niños.

La autoridad es como el dinero: si gastas, la vas perdiendo; si la guardas, cada vez tienes más. Muchos padres gastan casi toda la autoridad en pocos meses y en cosas sin ninguna importancia. "No toques eso, no te sientes ahí, no te rasques la nariz, no hagas ruidos con la boca, no corras, no te quedes parado, haz el favor de no decir tonterías..."

A veces es como una especie de monótona letanía, otras veces las órdenes van trufadas de gritos estentóreos o de enfáticas admoniciones ("!Pero es que a este niño no hay quien lo aguante! ¡Te he dicho veinte mil veces que..."). Y al final, el niño se acostumbra a que las órdenes sean como un ruido de fondo, y a no obedecerlas porque es sencillamente imposible acatarlas todas.

Si abruma a su hijo con mil órdenes innecesarias, no podrá obedecer. Si le grita continuamente "No toques esooo!" o "!Estate quieto!" cincuenta veces al día, de poco servirá gritarle cuando lo ve abriendo la llave del gas o a punto de caerse bajo las ruedas de un coche.

 

Nuestros hijos desean obedecer

A algunos padres habrá sorprendido este título. Tenemos cierta tendencia al dramatismo, y cuando un niño no se lava las manos o no recoge los juguetes, enseguida clamamos que "nunca hace caso". Pero haga un repaso de todas las órdenes, explícitas e implícitas, que le ha dado a lo largo de un día. ¿Acaso no se ha levantado, no se ha vestido o dejado vestir, no ha ido al cole, no nos ha dado un besito, no ha dado la mano antes de cruzar la calle...? Obedecen la mayoría de las veces, pero sería irreal pretender un 100% de obediencia.

Si todos tenemos un cierto grado de autoridad sobre otras personas, los padres en particular tenemos muchísima autoridad sobre nuestros hijos. Y la tenemos de forma natural. Porque somos más grandes, más fuertes y más listos y tenemos más experiencia de la vida. Porque ellos nos necesitan y nos quieren. Porque nada hace más feliz a un niño que ver a sus padres felices, y nada le llena de orgullo como ver que sus padres están orgullosos de él.

Te acercas a un bebé de meses, le sonríes o le ofreces un juguetito, y el bebé mira a sus padres. Busca instrucciones. Si su madre sonríe, sabe que puede mirar a ese señor sin temor o que puede tocar el juguete. Los niños pequeños confían plenamente en sus padres y educadores. Incluso los maltratados quieren a sus padres. Recuerdo a un niño de seis años con quemaduras de cigarrillo en el cuerpo, "me han castigado porque me porté mal". Aceptan plenamente cualquier cosa que hagamos, convencidos de que es lo correcto. Y eso implica, para los padres, una gran responsabilidad. Hemos de estar a la altura de su confianza.

 

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17 Abril 2009

La vida

http://www.youtube.com/watch?v=iZy_wcZBkgw&eurl=http%3A%2F%2Fwww%2Ebrandlife%2Ees%2F2009%2F04%2Fflex%2Dmuestra%2Dun%2Dparto%2Dreal%2Den%2Dsu%2Dnueva%2Dcampana%2F&feature=player_embedded

Me encanta.

Tags: flex, parto, casa

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24 Febrero 2009

Cosas de Hugo

 

 

(Curiosa foto de Hugo con 4 meses)

 Quiero ir anotando las cosas que va diciendo Hugo ahora que, lingüísticamente, está floreciendo. Ya que ha tardado tanto en regalarnos sus palabras, merece que no olvidemos sus hitos en este tema.

-Su primera palabra, allá por los 20 meses (tarde) fue "aba" (agua, aunque aplicada a todo líquido).

-La segunda, "cote" (coche), cómo no... Una vez se cabreó porque ni su padre ni yo lo entendíamos cuando decía "colócoté, colócoté". unas semanas después, tras mucho cavilar, llegamos a la conclusión de que había querido decir "con los coches, con los coches".

-Luego dijo "map", refiriéndose al pan o todo alimento...

-El otro día, se montó en uno de esos cacharros que hay para niños, que hay que meter 1 euro para que funcione pero yo lo hago de uvas a peras... E hizo como que conducía. Y cuando bajó dijo: "mamá, he conductado el coche". Me hace gracia, porque normalmente los niños, cuando adquieren su lengua materna, tienden a regularizar los verbos. Hugo ha hecho al contrario, irregularizando un verbo que, siendo irregular, forma el participio de forma regular. Y se ha valido de la raíz de un sustantivo (conductor)...

-Cuando estábamos en París, dijo "este no es mi mundo, París está en una nube, quiero irme a casa".

-Un día soltó "La verdad no existe", afirmación que se ha convertido en mi lema.

-Ayer me dijo que su profe Marisa está malita. Le pregunté qué le dolía a la seño, y me contestó: "le duele todo".

-También ayer me estaba hablando de que su amiga Nicole se había ido del cole, y me decía. "la ha venido a recoger su madre y punto", imitando mi forma de hablar.

-Una vez se paró en medio de la calle para decir "estómago", e ir repitiendo la palabra, como saboreándola, como familiarizándose con ella. Le pasa con muchas palabras. Otra vez le pasó con la palabra "carambola". La repetía y se partía de risa él solo.

-El otro día se inventó una palabra: "caramboche". Y nos la definió: un caramboche es un coche que vuela.

-En vez de decir "quiero contigo" dice "quiero con a ti".

-El otro día le entró hipo de tanto reírse con las cosquilluelas que yo le hacía. Y dijo "para, que ya no quiero que tengo hipo".

-Para él no existe lo "fácil" o lo "difícil", sino lo "fáfil" y lo "difífil".

-Hoy veníamos del cole, y me decía que no se podía pasar por el portal de Mapfre, que hace esquina, le pregunté que por qué, y le dije que es que a mí me gustaba hacerlo, y me responde: "Eso no es razón". Luego más tarde retomamos la conversación, y me dijo que no podía pasar porque "hay monstruos y dragones" (?).

-Hugo anda escatológico. Culo, caca, pedo, pis, son las palabras que "saborea" ahora (menuda gana...), debe de ser la etapa anal freudiana, jajajaja.

-Le gustan mucho los bebés, cuando ve uno por la calle, me avisa siempre, "mira, un bebé". Dice que los bebés dicen palabras GRACIOSAS (bueno, él dice algo así como "garaciosas"), y se ríe con mucha ternura recordando las ocurrencias de Olimpia, mi sobrina, cuando llama "Mingaus" a Micky Mouse, "Kabelles" a Blancanieves, "Blabla" a mí, su tía Laura, o Paco a mi marido Alfonso (debe de recordarle al alguien llamado Paco). Hugo ríe todas esas gracias "de bebé" con una ternura que enternece a su vez.

-Estas fiestas de solsticio de invierno, pero ya más bien para la epifanía, volvimos a estar en París. Llevaba sin hacer caca unos 12 días. Una vez le puse un supositorio, ya desesperada, e intenté que fuera al váter. Pero lloraba y lloraba, como un descosido, con terror, con pánico, gritando ¡¡¡Es complicado hacer caca en parís, es complicado hacer caca en París!!! Me reí para mis adentros a pesar del dramatismo de la escena (es una historia larga que aún no ha acabado). Al final cagó esa noche, por cierto.

-Mi hijo tiene 4 años y ya sabe sumar y restar.

-Es muy observador, ayer miraba a la puerta al salir de casa con mi madre para ir al cole, y volvía a mirar a la del portal... Al final le preguntó: "abuelita, ¿mamá te ha dado unas llaves?". Estaba preocupado por si acaso mi madre se quedaba fuera de casa.

-Aunque su obsesión son los trenes, dibuja cosas como un lápiz escribiendo en un papel, un tarro de miel, un vaso de agua... por cierto, tiene unos lápices de colores grandes, de esos de madera del IKEA... Y también escribe la palabra IKEA cuando dibuja un lápiz escribiendo en un papel, en el que sólo hay letras aleatorias, estilo "EIOUAEE".

-"Mami, de dónde viene la leche?", me preguntó el otro día. He de decir que, cuando ha vuelto de Murcia, después de dos semanas, me ha vuelto a pedir teti. Qué queréis que os diga, no quiero discutir este tema, me limito a respetar sus tiempos, como diré hasta la saciedad. Y si necesita más de eso para estar cerca de su mami, por mucho que parezca raro a la mayoría, no seré yo quien se lo niegue. Le expliqué como pude... Es que lo había visto en un libro, el libro de la vida, lo llama (de esos de Érase una vez la vida, que aún tiene mi madre en su casa). Quiere leer, descubrir, aprender, preguntar, observarlo todo con sus ojos azules. Es un niño encantador. Mágico. Especial. Único (qué obviedades digo, ¿no? Es que necesito decirlas, es lo que siento).

-Me estaba contando unos de sus cuentos, que cuenta últimamente (se los inventa, así como las canciones), y me dijo: "y el niño le dijo que 'vallaba' al cole..."

-Ayer estábamos en la tienda oriental que hay al lado del Simply, pues Alf quería comprar sopas chinas. Y mientras estábamos esperando para pagar, a Hugo se le cayó uno de los M&Ms que se estaba comiendo. Vi cómo lo cogía (le costó atraparlo), y una vez con él en la mano, lo mostró a las chicas que estaban en el mostrador, en plan niño de San Ildefonso. Aún no estoy segura de por qué lo hizo, pero aún me estoy riendo, porque fue muy gracioso verlo con expresión vehemente enseñando el M&M, yo creo que quizás quería enseñárselo a las chicas para que no pensaran que había cogido algo (el muy chorizo, que alguna vez lo hemos pillado saliendo del DÍA con una chocolatina en la mano...), o que había roto algo, que el M&M era SUYO... Qué risa, qué niño más majo y más gracioso y más original, mi pequeño niño de San Ildefonso...

-Como no se acordaba de cómo se va a llamar la nueva primita que va a tener, hermana de Olimpia (y a quien mi hermana Olga quiere llamar Flavia), me dijo que se va a llamar: FRODA. Así que aquí os presento al futuro primo de Froda Bolssom (o como se escriba).

-Anteayer me hice daño con la esquina de un mueble en casa, en el muslo (de hecho, ya tengo el peazo moratón). Cuando Hugo me oyó quejarme, se acercó a mí, me tocó con su manita, diciéndome: "Curita sana, si no se cura hoya se curará mañana", mirándome a los ojos con una dulzura tal que... que se me pasó el dolor antes, claro.

-Ayer se estaba comiendo un bikini de los que le hace su padre con queso fundido y salchichas cortadas por la mitad, pero aún quemaba, y yo estaba en medio y me cayó sobre la pierna un poco de queso caliente (sí, últimamente ando de lo más accidentada), no dolió apenas, pero dije ayssssss, y va él y me toca en la pierna, le pregunto "¿qué haces?" y responde: "Te estoy desquemando".

-Hace unos días me preguntó: "Mamá, ¿cuánto falta para que seas abuela?". "Eso depende de ti", le contesté, y le expliqué cómo sería la cosa más o menos...

-Ayer fuimos a la ciudad, e íbamos en el metro, lo que parece ser que le dio para reflexionar. Me preguntó: "Mami, ¿qué hay dentro de la tierra?". Le contesté que más tierra y que, en ese caso, estaba el metro. Y va y me dice (con cara de entendido en la materia) que es que debajo de la tierra del arenero de su cole es donde está el metro. Me quedé muy sorprendida con esta afirmación. Estábamos saliendo de uno de los trenes, y me dijo: "¿ves, mami?; ahí arriba (señalando al techo) está el arenero de mi cole." He de matizar que su cole está en Las Rozas City, un pueblo a 20 minutos en bus de Madrid. ¡Menudo arenero hay en el cole de mi hijo! ¡Tremendo! jajajaja

Cuando vaya recordando más ocurrencias de este niño que tengo a mi lado tan guapo, bueno, inteligente y sensible, las iré poniendo aquí y en mi blog.

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16 Diciembre 2008

Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite

Las rabietas

“Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite”.

¿Qué es una rabieta?
Cuando nacemos, el principal plan que tiene la naturaleza con nosotros es que podamos sobrevivir. Para ello nos “apega” con las personas que nos cuidan, ya que está comprobado que teniendo a un cuidador cerca vivimos más (recordad que somos una especie muy incompletita cuando nacemos). Por eso es tan importante que los bebés nos reclamen cuando no estamos cerca y por ello es tan importante que nosotros intentemos satisfacer sus necesidades más importantes (alimento, sueño, higiene, contacto…). Solo así se crea un apego seguro entre el niño y sus padres: el niño se da cuenta que tiene personas que le quieren y que le van a cuidar pase lo que pase, y por eso será un niño feliz.

Es importante durante los primeros años de la vida de un niño dejarle bien clarito que “siempre” estaremos con él, que “siempre” le querremos y le cuidaremos, aunque a veces no nos guste “exactamente” lo que hace. Eso es la base de una personalidad segura, independiente y con una autoestima capaz de soportar altibajos y adversidades.

Alrededor de los dos años (puede variar según el niño) la supervivencia del niño está ya más garantizada (se desplaza solo, puede comer casi de todo y con sus propias manos, es autónomo en sus actos más vitales ….) y la naturaleza (¡que sabia que es!) tiene otro plan para nosotros: si al principio era “apegarnos” para sobrevivir, ahora nos prepara para la independencia (pensad que sin independencia no crearíamos una familia propia, y eso es básico para el plan reproductor de la naturaleza). La independencia y autonomía es un largo camino que se va adquiriendo con la edad y a estas edades empezamos de una forma muy rudimentaria.

¿Cómo hace el niño para manifestar su independencia? Pues dada su edad es una estrategia muy simple: consiste solamente en negar al otro. Su palabra más utilizada es el “no” y es fácil de entender porque, negando al otro, empieza a expresar lo que él “no es” porque aún no sabe realmente lo que “es”. Intento explicarme mejor: ¿Cómo sé yo (niño) que soy otro y puedo hacer cosas diferentes a mis padres? ¡Pues llevándoles la contraria!. Puede que aún no tenga claro lo que voy a ser pero así sé lo que no soy: yo no soy mis padres, por lo tanto ¡soy otro!.

El único problema para los niños es que les conlleva un conflicto emocional importante porque como los padres no entienden lo que pasa y normalmente se enfadan con ellos, los niños notan que se están enfrentando a los seres que más quieren y eso les provoca una ambivalencia de sentimientos. Eso, nada más y nada menos, son las famosas rabietas: una lucha interior entre lo que debo hacer por naturaleza y una incomprensión de mis padres hacia tales actos que me provocan unos sentimientos ambivalentes y negativos.

Esa ofuscación entre querer una cosa, no entender lo que pasa y el rechazo paterno, es la fuente de la mayoría de las rabietas. Por eso lo mejor es dejarle claro que haga lo que haga siempre le queremos y le comprendemos, aunque a veces no estemos de acuerdo.

Muchos padres viven esta etapa con mucha ansiedad porque piensan que es una forma que tienen sus hijos de rebeldía, tomarles el pelo y desobediencia. Nada más lejos. En estas conductas del niño no hay ningún sentido de “ponernos a prueba” ni hay ningún juego de poder entre medio (bueno a veces los padres sí que se lo toman como tal, pero el niño nunca pretende “desafiar” al adulto, solo hacer cosas diferentes a sus padres). Si el niño lleva la contraria a sus padres es para comunicarles algo muy importante: “¿lo ves?, me hago mayor. ¡Yo no soy tú!. Puedo querer, desear y hacer cosas que tú no quieres”.

¿Qué hacemos ante una rabieta?
La mejor manera de superar las rabietas la resumo en cinco puntos:

1. Comprendiendo que el niño no pretende tomarnos el pelo.
Esta simple convicción hará que seamos más flexibles con ellos ( y por lo tanto se evitan muchos conflictos). Solamente pretende mostrarnos su identidad diferenciada.

2. Dejando que pueda hacer aquello que quiere.
“¿Y si es peligroso o nocivo?, me preguntaréis. Evidentemente lo primero es salvaguardar la vida humana, pero los niños raramente piden cosas nocivas. ¿Saben lo más peligroso que me pidieron mis hijos cuando eran pequeños? ¡ir sin atar en la sillita del coche!. Evidentemente les dije que no, y no arrancamos hasta que estuvieron convencidos, pero no me han pedido nunca nada tan peligroso. Bueno, una vez mi hijo mayor cogió una pequeña rabieta porque quería un cuchillo “jamonero”, pero la culpa era más mía por dejar a su vista (y alcance) un cuchillo de tales dimensiones, que él por pedirlo. ¿no?

El hecho de que quieran llevar una ropa diferente a la que nosotros queremos puede que atente contra el buen gusto, pero raramente atentará contra la vida humana. Lo mismo pasa con alguna golosina o con otras cosas. Si usted es un padre que vigila que el entorno de su hijo sea seguro, es difícil que pueda pedir o tocar algo nocivo para él. El hecho de el niño pueda experimentar el resultado de sus acciones sin notar el rechazo paterno hará que no se sienta mal ni ambivalente (y, de paso, evitamos la rabieta).

3. Evitando tentaciones.
Los comerciantes saben perfectamente que los niños piden cosas que les gustan (por eso en los grandes supermercados suelen poner chucherías en las líneas de caja) ¿Acaso pensaba que el suyo es el único niño que montaba en cólera por una chuchería?. Si su hijo es de los que pide juguetes cuando los ve expuestos o chucherías si las tiene delante ¿qué espera?. Intente evitar esos momentos (no se lo lleve de compras a una juguetería o intente buscar una caja donde hacer cola que no tenga expositor de juguetes ni dulces) o pacte con él una solución (“Cariño vamos al súper. Mamá no puede estar comprando cada día chuches porque no son buenas para tu barriguita, así que solo elegiremos una cosita”). Si los mayores nos rendimos muchas veces a una tentación (el que esté libre de pecado que tire la primera piedra), ¿por qué pensamos que un niño puede contenerse más que nosotros?.

4. No juzgar a nuestros hijos.
Podemos expresar nuestra disconformidad, pero no atacamos la personalidad del niño o valoramos negativamente su conducta. Es decir, mi hijo no es más bueno o malo porque ha hecho una cosa bien o no. Mi hijo siempre es bueno, aunque a veces yo no le entienda o no me guste lo que ha hecho. En este sentido vean este diálogo:

Mamá: Cariño ha venido tía Marta. Ve a darle un beso.
Niño: No quiero.
Mamá: ¿Cómo que no quieres? Esto está mal. ¡Eres un niño malo!: Tía Marta te quiere mucho y tú no la quieres. Mamá no te querrá tampoco.

A partir de aquí puede haber dos opciones o el niño monta un pataleta del tipo: ¡eres tonta y tía Marta también! y ya la tenemos liada. O bien, ante la idea de perder el amor de su madre, va y le da un beso a tía Marta, a lo que su madre responde: “¡Que bien! Así me gusta ¡Qué bueno eres!” con lo que el niño aprende que es bueno cuando no se porta como él siente y que solo obra bien cuando hace lo único que quiere su madre. Es decir, se nos quiere cuando disfrazamos nuestros sentimientos.

Ninguna de las dos soluciones es correcta, porque en ningún momento hemos evitado atacar la personalidad del niño (eres malo) y hemos valorado su conducta (esto esta mal o esto está bien). Si en lugar de ello hubiéramos entendido sus emociones, a pesar de mostrar nuestra disconformidad, el resultado podría haber sido:

Mamá: cariño ha venido tía Marta. Ve a darle un beso.
Niño: No quiero.
Mamá: Vaya, parece que no te apetece dar un beso a la tía marta. (reconocemos sus sentimientos).
Niño: Sí.
Mamá: Cuando las personas van de visita a casa de otra se les da un beso de bienvenida, aunque en ese momento no se tengan muchas ganas ¿lo sabías?
Niño: No. (Y si dice que sí, es lo mismo).
Mamá: ¿vamos pues a darle un beso de bienvenida a tía Marta?

Normalmente a estas alturas el niño (que ha visto que le han entendido y que no le han valorado negativamente) suele contestar que sí. En el hipotético caso de que siga con su negativa podemos mostrar nuestra disconformidad:

Mamá: El hecho de que no se lo des me disgusta, porque en esta casa intentamos que la gente se sienta bien. ¿Qué podemos hacer para que tía Marta se sienta bien sin tu beso? (a lo mejor tía Marta es una barbuda de mucho cuidado y a su hijo no le apetece darle un beso, pero eso no implica que quiera que se sienta ofendida).
Niño: le diré hola y le tiro un beso.
Mamá: Me parece que has encontrado una solución que nos va a gustar a todos. ¡Vamos!

5. Las rabietas se pasan con la edad.
Llega un día en que el niño adquiere un lenguaje que le permite explicarse mejor que a través del llanto y las pataletas. También llega un día en que sabe lo que “es” y “quiere” y lo pide sin llevar la contraria a nadie. Llega un momento en que, si no hemos impedido sus manifestaciones autónomas y de autoafirmación, tenemos un hijo autónomo, que sabe pedir adecuadamente lo que quiere porque ha aprendido que nunca le hace falta pedirlo mal si su petición es razonable.

¿Cómo hacer que llegue antes este momento en que finalizan las rabietas? Por una parte, hemos de procurar que en la etapa anterior (la del apego que explicábamos al principio) el niño esté correctamente apegado, ya que un niño inseguro tardará más en pasar esta etapa de independencia. Así que si quiere que su hijo sea autónomo, mímele todo lo que pueda cuando sea pequeño. Para adquirir la independencia se necesita seguridad y la seguridad se adquiere con un buen apego.

Una vez haya llegado a la etapa de las rabietas, hemos de intentar que se solucionen cuanto antes. Nada de esto se dará si coartamos su deseo de separarse de nosotros, ya que lo único que se obtiene “intentando” que no se salga con la suya es un niño sumiso o rebelde (depende del tipo y grado de disciplina o autoridad empleada). Normalmente si les “ignoramos” suelen volverse más sumisos y dependientes, aunque lo que vemos es un niño que se doblega y “parece” que mejore en sus rabietas. Pero la causa que provoca esa rabieta sigue en él y se manifestará de otra forma (ahora o en la adolescencia).

Sé que es difícil acordarse de todo ante una rabieta infantil. Sé que es difícil razonar cuando estamos a punto de perder la razón. Sé que es difícil y, por eso, ante la duda de no saber como actuar, intente querer a su hijo al máximo porque él lo estará necesitando, ya que las rabietas también hacen sentirse mal a los niños.

“Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite” o lo que es lo mismo: “intenta ponerte en mi lugar porque yo también lo estoy pasando mal”.

Rosa Jové, psicopedagoga y autora del libro "Dormir sin lágrimas: dejarles llorar no es la solución".

Tags: rabieta, ninos

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17 Junio 2008

La educación de los niños

Por GUSTAVO MARTÍN GARZO

En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a la vida
Vigilar no se opone a consentir, sólo es corregir un poco nuestra locura
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino que se deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de memorias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".

Gustavo Martín Garzo es escritor.

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18 Julio 2006

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5 Junio 2006

Tu hijo.... es una buena persona

Quiero compartir con quien lo lea y me lea, estas palabras del señor q a mí me hizo ver las cosas de modo diferente. Ahí va:

"Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable... En cambio, si una madre exclama "mi hijo es muy bueno", casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que "no hace más que comer y dormir" (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: "¡Qué monos son... cuando duermen!"

Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las ondas de la radio, se llenan de "problemas de la infancia": problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos... Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema.

Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos "problemas", precisamente, a sus virtudes.

TU HIJO ES GENEROSO. Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!

Tal vez la mamá de Marta piense que su hija "no sabe compartir". Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.

TU HIJO ES DESINTERESADO. Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada... pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere?

La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego "si te he visto no me acuerdo"? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?

El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.

Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice "hambre", "agua", "susto", "pupa"; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice "mamá". Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo... Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: "papá, mamá, venid, os necesito", no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?

TU HIJO ES VALIENTE. Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. "¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!" Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.

Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. "Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar" es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.

Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras... son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.

TU HIJO SABE PERDONAR. Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos...

Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. "¿Será posible?" "Mírala, no le pasa nada, era todo cuento".

No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? ("Mamá se ha estado portando mal..."). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.

TU HIJO SABE CEDER. Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.

Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un "Tontanchante", "la tontería que se engancha y es un poco repugnante", y que todos los de su clase tienen ya. "Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?" "¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero...!" Ya tenemos crisis.

Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.

Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos "salimos con la nuestra" cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.

TU HIJO ES SINCERO. ¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público "¿Por qué esa señora es calva?" o ¿Por qué ese señor es negro?" Que contestase "Sí" cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar "Sí" a nuestra retórica pregunta "¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?"

Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese "feo vicio". Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.

TU HIJO ES BUEN HERMANO. Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: "Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para tí solito. Pero te seguiré queriendo igual". ¿No le parece que estaría "un poquito" celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.

TU HIJO NO TIENE PREJUICIOS. Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir "vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles"? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.

TU HIJO ES COMPRENSIVO. Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.

Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años ("De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis...") La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.

LA SEMILLA DEL BIEN. Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.

Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la "falta de disciplina", que se hubieran evitado con "una bofetada a tiempo". Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo "adecuado" para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita."

Dr. Carlos González, pediatra.

¡Gracias Carlos González!

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