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Terra
La Coctelera

Categoría: Crianza Natural

MÍRALO ÉL

Salgo pitando de casa, llego tarde a mi cita con el rehabilitador, menos mal que está muy cerca.

Por el camino, paso por su cole justo cuando toca la sirena del recreo. Me acerco a la verja, y... ahí está, a lo lejos, lo reconozco por su camiseta verde y sus andares de «cadera en anteversión», torpes y personalísimos. Lo observo deambular, y temo que esté solo, porque es su tendencia natural, lo que más le gusta de los recreos es cuando tiene tiempo para pensar en sus cosas, en sus «capítulos», como él los llama, y a mí no me gusta que se quede en su mundo. Pero veo que tiene a sus amigos alrededor, algunos deambulando como él, como islas humanas en el océano de su patio colegial.

Míralo él, cómo sostiene en una mano el paquete de galletas que le he puesto para el recreo. Sus galletas de dinosaurio, este hijo mío, qué mal me come. Mi boca se llena de ternura, un sentimiento parecido a una descarga pero mucho más blandito, que poco a poco invade todo mi cuerpo de madre. Ahí está mi niño, comiéndose las galletas de dinosaurio que yo, su madre, he puesto en su cartera. Se me hace raro pensar en eso, es una sensación extraña, como si me saliera de mí misma y viera con estupor que soy mamá, coño, mamá... una palabra que en su día fue tan lejana, y aquí estoy, con un niño de siete años que recibe nuestro amor y nuestra protección con total naturalidad; aquí estoy, deseando lo mejor para él, deseando que sea feliz, sabiéndome condenada a reír su risa y llorar su llanto para toda la vida ya, y sabiendo que es una dulce condena.

Míralo él, el niño dulce y especial y bueno y guapo. Y tierno. Me despego con esfuerzo de la verja y sigo camino del rehabilitador. Cuando llego, le cuento por qué he llegado tarde: se me ha ido el santo al cielo mirándolo en el recreo. Míralo él.

LOS CAPÍTULOS DE HUGO

Hoy, mientras comía con Hugo en un MacDonald's tras haber estado en el médico en Madrid, he descubierto por qué en algunos recreos no quiere jugar con sus amigos, y prefiere quedarse a solas consigo mismo.

Él estaba muy elocuente, y me lo ha contado todo, ante mi asombro: juega a LOS CAPÍTULOS DE HUGO.

LOS CAPÍTULOS DE HUGO son varios, y me los ha ido enumerando y describiendo mientras yo apuntaba encantada en mi agenda. Son los siguientes:

-Día de las canciones: en esos días, simplemente, canta. Pueden ser canciones que se inventa, o una de Bob Esponja que le gusta especialmente y que se llama "Todo es especial", o puede ser de las de Mario Bros.

-Día de las tropezadas invisibles: él imagina que es una momia, con los ojos cerrados, y va moviéndose, y no tropieza. l día acaba cuando se duerme.

-Día de los saltos acrobáticos: empieza al despertar, y acaba cuando se va a dormir, y consiste en saltar, y saltar y saltar; yo observo que lo hace mucho, una vez le pregunté por qué lo hacía, y me respondió que lo hace cuando está contento. Y hoy precisamente he leído en un libro que saltar ayuda a la felicidad y al bienestar. Así que pienso que Hugo es un ser muy sabio, que ha descubierto uno de los secretos de la felicidad, algo tan simple como saltar. Qué gracioso, eso lo iguala a François Mauriac, un escritor francés y Premio Nobel de Literatura en 1952, que también saltaba cada día frente al espejo. Si cuando yo digo que Hugo es especial, es por algo...

-Día de los saltos bombas en la cabina del fútbol: es una variación del capítulo anterior, sólo que en las porterías de fútbol que hay en su cole.

-Día de pintar comecocos: ese día intenta conseguir papel y lápiz, y dibuja. Lo de los comecocos es lo que ahora le da por hacer, pero imagino que en otras ocasiones habrán sido otros los temas.

-Día de aventura en Madrid: yo creo que este ya lo ha improvisado, pero ha sido el día de hoy, que hemos pasado en Madrid; desde el viaje en autobús y metro, hablando conmigo, hasta la espera en el hospital, pasando por su charla con la Dra., la comida en el MacDonald's...

-Día de la pata coja: ese es un plan, que es el de saltar a la pata coja cuando esté en Murcia, en casa de su prima Olimpia, en su habitación (no sé por qué ha elegido ese entorno en particular, pero me da igual, me parece igual de encantador).

-Día de correr despacito: eso será cuando esté en la estación de tren (da igual cuál), que empezará a correr... así, mami... y me lo ha mostrado, como a cámara lenta.

Mientras estábamos hablando de todo esto, se me ocurrió que podíamos hacer más capítulos, así que ideamos varios más:

-Llegada del tren a casa: se le ha ocurrido a él, es simplemente pensar en cuando hagamos el viaje. No sé cómo enfocar éste, pero ya se me ocurrirá algo.

-De dónde venimos: este es ya antiguo, lo he propuesto yo, a raíz de cuando, más pequeño, me contaba que los niños no vienen de París ni nada de eso, sino que vienen de la luna. Y de la luna caen a dentro de la tripa de mamá.

-La peli de "Río": este, claro, se le ha ocurrido a él, que está muy ilusionado desde que fuimos al cine a ver esa peli. Y cuenta el día entero.

-Juegos enviciados: este también se le ha ocurrido a él, y a mí me encanta, porque va de cuando juega a la Wii, que le ponemos tiempo (1/2 hora o una hora), con un medidor de esos, y cuando éste suena tiene que parar de jugar, y a veces se queda más tiempo, rogando unos minutos más. Esto es buen material para un relato...

Ando ya hace tiempo detrás de hacer alguna cosa para niños, y que la ilustre mi amiga Gabriela, una artistaza. Y, hete aquí que mi inspiración ha sido mi hijo. ¡No podía ser menos!

La lactancia también es posible después de un parto múltiple

 

La organización y el apoyo psicosocial son clave para la madre de trillizos

MÓNICA L. FERRADO - Barcelona - 23/06/2009

(Publicado en El País el 23 de junio de 2009)

Noel tiene trillizos: Bruno, Mateo y Manuela. Como ocurre en muchas gestaciones múltiples, fueron prematuros. Pesaron entre 1.300 y 1.800 gramos. Para su frágil salud, la leche materna es un bien precioso porque contiene proteínas, grasas e inmunoglobinas. Noel tuvo claro desde el principio que quería amamantarlos.

Casi la cuarta parte de las mujeres que tienen un parto múltiple deciden no amamantar a sus bebés porque creen que no van a tener suficiente leche, o porque la organización resulta complicada. Sin embargo, el cuerpo de la madre está preparado. Eso sí, la multilactancia requiere apoyo social y emocional.

Dar el pecho a más de un bebé, es decir, la multilactancia, es posible si se logra tener confianza en el propio cuerpo, y si el entorno comprende y apoya a la mamá, afirma Gema Cárcamo, presidenta de Multilacta-Lactancia Materna, una asociación de apoyo a las mujeres que dan el pecho especializada en partos múltiples. "La mayoría nos preguntan: '¿Tendré suficiente leche?'. La respuesta es sí. La lactancia de gemelos o trillizos puede ser tan normal como la de un solo niño porque el cuerpo de la mujer responde a la estimulación de sus hijos de forma proporcional. La diferencia está en que es más agotador", dice Gema.

Noel trabaja en casa y contó desde el principio con ayuda familiar. "Eso ha ayudado mucho, corre con ventaja", reconoce. También aplicó grandes dosis de organización. "En el hospital ya me enseñaron a dar el pecho a dos a la vez. Al llegar a casa establecí un ritmo de alimentación para que dos bebés succionaran 10 minutos en cada uno de mis pechos, y el tercero, 10 minutos repartidos en los dos", explica. A los tres meses, Noel dedicaba, con ayuda, una hora y media a cada toma. Sola, tardaba dos horas. Por eso empezó a alternar el pecho con biberones de leche maternizada.

"Cuando da el pecho, la mamá tiene que disfrutar. Cada mujer tiene su propia lactancia, y todas están bien si ella se siente bien. Más vale un biberón que dar la teta de mala gana", afirma Gema, que tiene gemelos. Como asesora de Multilacta, también ha ayudado a muchas mamás a conocer las diferentes técnicas que existen. La asociación cuenta con grupos de apoyo en toda España (www.multilacta.org).

Algunas mamás prefieren amamantar a los niños de uno en uno. Es la opción que más tiempo consume. Otra posibilidad consiste en poner a dos de ellos a mamar a la vez. Cuando son trillizos, el tercero espera su turno cerca porque así está más tranquilo. Después, mama un poco de cada pecho. En la siguiente toma, el último debe ser el primero. Llevar un calendario es fundamental.

"La leche se adapta a este juego y es muy homogénea", afirma Gema. Aún hay otra posibilidad: amamantar a dos niños y dar a uno de ellos biberón de leche de fórmula o extraída de la propia madre con el sacaleches.

La madre deberá cuidarse mucho porque el desgaste físico es mayor. Hay que descansar todo lo que se pueda. Beber mucho y comer una dieta a base de alimentos sanos y nutritivos, evitando las grasas saturadas y los dulces.

Noel ha podido dar el pecho a sus hijos un año. El destete tampoco ha sido fácil porque su cuerpo estaba acostumbrado a producir mucha leche. "Poco a poco dejé de darles una toma y sólo mantuve la de la tarde", explica. "Al irnos de vacaciones, estaban distraídos y ni se acordaban de la teta. Al volver, decidí no darles más. La nena ni se enteró. Pero los varones lloriqueaban y si los agarraba en brazos buscaban el pecho. Decidí que si piden los distraigo, pero si insisten no se lo niego".

Límites según CG

 

¿Hay que ponerles más límites?

(Carlos González)

 

Nuestros hijos son obedientes por naturaleza y cumplen con gran parte de las obligaciones que les imponemos. Entonces, ¿por qué nos obsesionamos en pensar que no les ponemos los suficientes límites? Los niños quieren tanto a sus padres que harán todo lo posible para no contrariarlos y para que se sientan felices y orgullosos. No los abrumemos con prohibiciones absurdas.

Seis años tenía Teresa de Jesús cuando se fugó de casa con su hermanito de cinco para buscar martirio en tierra de infieles. A los once, Santiago Ramón y Cajal derrumbó la puerta de la casa de un vecino con un cañón de fabricación casera...

Pero, claro, los niños de ahora son todos unos gamberros porque no les ponemos límites. Ahora los niños tienen más ropa y más juguetes, es cierto, pero eso sólo les interesa a los niños mayores. Lo que piden los niños pequeños, lo que piden con llantos y rabietas, es atención, brazos, compañía, dormir con sus padres. Y, con respecto a esas demandas, los niños de ahora salen perdiendo.

Antes los niños no solían empezar la escuela hasta los 5 o 6 años, y casi no había guarderías. Ahora, gran parte de los niños están scolarizados antes de cumplir un año. Antes, los niños solían comer en casa, regresaban del colegio a las cinco, pasaban las vacaciones con su familia. Ahora, son muchos los que comen en el cole, se quedan a actividades extraescolares y en verano hay que apuntarlos a algún sitio porque en casa, sencillamente, no hay nadie. Antes, las familias eran más grandes y las casas pequeñas. Muchos niños dormían en la habitación de los padres hasta que comenzaban a dormir con sus hermanos. Ahora, duermen solos.

Nunca tuvieron los niños tantos límites, nunca se les negó tanto lo que de verdad les importa: el contacto con sus padres. Nos quedan muy pocas horas en el día para estar con ellos, sería trágico dedicar esas pocas horas a gritarles, reñirles y castigarles.

 

Las limitaciones de cada día

Un niño sin límites, advierten los expertos, además de tirano y agresivo será desgraciado. Porque los niños necesitan límites. Pero, ¿ es posible que un niño no tenga límites? Tiene que dormir en una determinada casa, la que sus padres han elegido (dentro de su presupuesto, de por sí limitado. Tendrá dos juguetes o cien, pero su número no es infinito. Podrá comer un caramelo o cinco, pero no puede comer mil (y, si lo intenta, le dolerá la barriga). No le dejarán prender fuego a la casa, ni pegar a otros niños. Tiene que ir a clase, tiene que hacer los deberes...

Todos tenemos límites. Pero nunca decimos que un adulto necesita límites para ser feliz. No se venden libros titulados "Cómo poner límites a su esposa/marido". Al contrario, creemos que seríamos más felices si ganáramos más dinero, si nuestra casa fuera más grande, si nuestras vacaciones fueran más exóticas. El deportista, el pianista o el que prepara oposiciones trabajan horas y horas para superar sus límites.

No existen niños sin límites. La cuestión, en todo caso, será si esos límites han de ser más amplios o más estrechos. ¿Qué límites exactamente es el que quieren que estrechemos? ¿Debemos comprarles menos juguetes? (¿Qué opinaría la industria juguetera?) ¿Debemos darles menos comida? ¿Deben ducharse como mucho una vez por semana y con agua fría? ¿Deben estudiar menos horas? ¿O precisamente, en el tema del estudio no valen los límites?

 

¿Padres represores?

"Vi a mi hijo de dos años abriendo la llave del gas/sacándole un ojo al perro/tirando macetas por el balcón, pero como todavía no me he leído el libro "Cómo poner límites", no supe qué hacer y le dejé que siguiera tranquilamente... Por favor, no seamos ridículos. Todos los padres ponemos límites a nuestros hijos continuamente y sin necesidad de tener un máster en "limitología". Y no sólo en casos graves. Todos los padres conseguimos que nuestros hijos vayan al cole, que se vistan, que se laven las manos. Si para usted es importante que su hijo no ponga los codos encima de la mesa, ¿cómo lo hará? ¿Ha probado a decir: "No pongas los codos encima de la mesa"? No es tan difícil. Y si para usted eso no tiene ninguna importancia (pues al fin y al cabo las reglas de urbanidad son arbitrarias y cambiantes), no tiene por qué imponerle ese límite a su hijo, por mucho que lo recomiende un experto.

Claro que si lo que pretende es decir una sola vez en la vida a un niño de quince meses "No pongas los codos encima de la mesa" o a un pequeño de tres años, "Recoge los juguetes", o a uno de siete, "Haz los deberes"... y que a partir de ese momento lo haga todos los días y  espontáneamente, sin remolonear, sonriendo agradecido y gritando "señor, sí, señor", entonces no necesita usted un libro, sino un psicólogo. Para usted, no para el niño. Porque esas son ideas delirantes..Cualquier ser humano tiene una cierta autoridad sobre los demás. Un camarero dice "Por aquí, por favor, tenga la bondad, ¿qué desea para beber?", y el empresario, la ministra, el obispo o el rey le obedecen sin rechistar, caminan en la dirección adecuada, se sientan en el sitio que les indican o dan el nombre de su bebida favorita. Pero si ese mismo camarero hubiera dicho "! Pasa de una vez, que estás estorbando!, ¡que te sientes te he dicho, que me tienes harto!, ¿a qué diablos esperas para pedir la bebida?", cualquiera de nosotros saldría al momento del restaurante para no volver jamás. ¿Y si el camarero se mantiene amable y respetuoso, pero en lugar de limitarse a las cuatro órdenes que puede y tiene que dar, intenta controlar hasta la última minucia? "Señora, por favor, abróchese la blusa. Caballero, tenga la bondad de no hacer ruido al tomar la sopa. Serían ustedes tan amables de no hablar hasta que terminen de comer?...".

 

Derrochar noes

Nos pasamos el día dando y obedeciendo órdenes. Si las órdenes son razonables y están expresadas adecuadamente, casi todo el mundo obedece. Incluso los niños.

La autoridad es como el dinero: si gastas, la vas perdiendo; si la guardas, cada vez tienes más. Muchos padres gastan casi toda la autoridad en pocos meses y en cosas sin ninguna importancia. "No toques eso, no te sientes ahí, no te rasques la nariz, no hagas ruidos con la boca, no corras, no te quedes parado, haz el favor de no decir tonterías..."

A veces es como una especie de monótona letanía, otras veces las órdenes van trufadas de gritos estentóreos o de enfáticas admoniciones ("!Pero es que a este niño no hay quien lo aguante! ¡Te he dicho veinte mil veces que..."). Y al final, el niño se acostumbra a que las órdenes sean como un ruido de fondo, y a no obedecerlas porque es sencillamente imposible acatarlas todas.

Si abruma a su hijo con mil órdenes innecesarias, no podrá obedecer. Si le grita continuamente "No toques esooo!" o "!Estate quieto!" cincuenta veces al día, de poco servirá gritarle cuando lo ve abriendo la llave del gas o a punto de caerse bajo las ruedas de un coche.

 

Nuestros hijos desean obedecer

A algunos padres habrá sorprendido este título. Tenemos cierta tendencia al dramatismo, y cuando un niño no se lava las manos o no recoge los juguetes, enseguida clamamos que "nunca hace caso". Pero haga un repaso de todas las órdenes, explícitas e implícitas, que le ha dado a lo largo de un día. ¿Acaso no se ha levantado, no se ha vestido o dejado vestir, no ha ido al cole, no nos ha dado un besito, no ha dado la mano antes de cruzar la calle...? Obedecen la mayoría de las veces, pero sería irreal pretender un 100% de obediencia.

Si todos tenemos un cierto grado de autoridad sobre otras personas, los padres en particular tenemos muchísima autoridad sobre nuestros hijos. Y la tenemos de forma natural. Porque somos más grandes, más fuertes y más listos y tenemos más experiencia de la vida. Porque ellos nos necesitan y nos quieren. Porque nada hace más feliz a un niño que ver a sus padres felices, y nada le llena de orgullo como ver que sus padres están orgullosos de él.

Te acercas a un bebé de meses, le sonríes o le ofreces un juguetito, y el bebé mira a sus padres. Busca instrucciones. Si su madre sonríe, sabe que puede mirar a ese señor sin temor o que puede tocar el juguete. Los niños pequeños confían plenamente en sus padres y educadores. Incluso los maltratados quieren a sus padres. Recuerdo a un niño de seis años con quemaduras de cigarrillo en el cuerpo, "me han castigado porque me porté mal". Aceptan plenamente cualquier cosa que hagamos, convencidos de que es lo correcto. Y eso implica, para los padres, una gran responsabilidad. Hemos de estar a la altura de su confianza.

 

La vida

http://www.youtube.com/watch?v=iZy_wcZBkgw&eurl=http%3A%2F%2Fwww%2Ebrandlife%2Ees%2F2009%2F04%2Fflex%2Dmuestra%2Dun%2Dparto%2Dreal%2Den%2Dsu%2Dnueva%2Dcampana%2F&feature=player_embedded

Me encanta.

Cosas de Hugo

 

 

(Curiosa foto de Hugo con 4 meses)

 Quiero ir anotando las cosas que va diciendo Hugo ahora que, lingüísticamente, está floreciendo. Ya que ha tardado tanto en regalarnos sus palabras, merece que no olvidemos sus hitos en este tema.

-Su primera palabra, allá por los 20 meses (tarde) fue "aba" (agua, aunque aplicada a todo líquido).

-La segunda, "cote" (coche), cómo no... Una vez se cabreó porque ni su padre ni yo lo entendíamos cuando decía "colócoté, colócoté". unas semanas después, tras mucho cavilar, llegamos a la conclusión de que había querido decir "con los coches, con los coches".

-Luego dijo "map", refiriéndose al pan o todo alimento...

-El otro día, se montó en uno de esos cacharros que hay para niños, que hay que meter 1 euro para que funcione pero yo lo hago de uvas a peras... E hizo como que conducía. Y cuando bajó dijo: "mamá, he conductado el coche". Me hace gracia, porque normalmente los niños, cuando adquieren su lengua materna, tienden a regularizar los verbos. Hugo ha hecho al contrario, irregularizando un verbo que, siendo irregular, forma el participio de forma regular. Y se ha valido de la raíz de un sustantivo (conductor)...

-Cuando estábamos en París, dijo "este no es mi mundo, París está en una nube, quiero irme a casa".

-Un día soltó "La verdad no existe", afirmación que se ha convertido en mi lema.

-Ayer me dijo que su profe Marisa está malita. Le pregunté qué le dolía a la seño, y me contestó: "le duele todo".

-También ayer me estaba hablando de que su amiga Nicole se había ido del cole, y me decía. "la ha venido a recoger su madre y punto", imitando mi forma de hablar.

-Una vez se paró en medio de la calle para decir "estómago", e ir repitiendo la palabra, como saboreándola, como familiarizándose con ella. Le pasa con muchas palabras. Otra vez le pasó con la palabra "carambola". La repetía y se partía de risa él solo.

-El otro día se inventó una palabra: "caramboche". Y nos la definió: un caramboche es un coche que vuela.

-En vez de decir "quiero contigo" dice "quiero con a ti".

-El otro día le entró hipo de tanto reírse con las cosquilluelas que yo le hacía. Y dijo "para, que ya no quiero que tengo hipo".

-Para él no existe lo "fácil" o lo "difícil", sino lo "fáfil" y lo "difífil".

-Hoy veníamos del cole, y me decía que no se podía pasar por el portal de Mapfre, que hace esquina, le pregunté que por qué, y le dije que es que a mí me gustaba hacerlo, y me responde: "Eso no es razón". Luego más tarde retomamos la conversación, y me dijo que no podía pasar porque "hay monstruos y dragones" (?).

-Hugo anda escatológico. Culo, caca, pedo, pis, son las palabras que "saborea" ahora (menuda gana...), debe de ser la etapa anal freudiana, jajajaja.

-Le gustan mucho los bebés, cuando ve uno por la calle, me avisa siempre, "mira, un bebé". Dice que los bebés dicen palabras GRACIOSAS (bueno, él dice algo así como "garaciosas"), y se ríe con mucha ternura recordando las ocurrencias de Olimpia, mi sobrina, cuando llama "Mingaus" a Micky Mouse, "Kabelles" a Blancanieves, "Blabla" a mí, su tía Laura, o Paco a mi marido Alfonso (debe de recordarle al alguien llamado Paco). Hugo ríe todas esas gracias "de bebé" con una ternura que enternece a su vez.

-Estas fiestas de solsticio de invierno, pero ya más bien para la epifanía, volvimos a estar en París. Llevaba sin hacer caca unos 12 días. Una vez le puse un supositorio, ya desesperada, e intenté que fuera al váter. Pero lloraba y lloraba, como un descosido, con terror, con pánico, gritando ¡¡¡Es complicado hacer caca en parís, es complicado hacer caca en París!!! Me reí para mis adentros a pesar del dramatismo de la escena (es una historia larga que aún no ha acabado). Al final cagó esa noche, por cierto.

-Mi hijo tiene 4 años y ya sabe sumar y restar.

-Es muy observador, ayer miraba a la puerta al salir de casa con mi madre para ir al cole, y volvía a mirar a la del portal... Al final le preguntó: "abuelita, ¿mamá te ha dado unas llaves?". Estaba preocupado por si acaso mi madre se quedaba fuera de casa.

-Aunque su obsesión son los trenes, dibuja cosas como un lápiz escribiendo en un papel, un tarro de miel, un vaso de agua... por cierto, tiene unos lápices de colores grandes, de esos de madera del IKEA... Y también escribe la palabra IKEA cuando dibuja un lápiz escribiendo en un papel, en el que sólo hay letras aleatorias, estilo "EIOUAEE".

-"Mami, de dónde viene la leche?", me preguntó el otro día. He de decir que, cuando ha vuelto de Murcia, después de dos semanas, me ha vuelto a pedir teti. Qué queréis que os diga, no quiero discutir este tema, me limito a respetar sus tiempos, como diré hasta la saciedad. Y si necesita más de eso para estar cerca de su mami, por mucho que parezca raro a la mayoría, no seré yo quien se lo niegue. Le expliqué como pude... Es que lo había visto en un libro, el libro de la vida, lo llama (de esos de Érase una vez la vida, que aún tiene mi madre en su casa). Quiere leer, descubrir, aprender, preguntar, observarlo todo con sus ojos azules. Es un niño encantador. Mágico. Especial. Único (qué obviedades digo, ¿no? Es que necesito decirlas, es lo que siento).

-Me estaba contando unos de sus cuentos, que cuenta últimamente (se los inventa, así como las canciones), y me dijo: "y el niño le dijo que 'vallaba' al cole..."

-Ayer estábamos en la tienda oriental que hay al lado del Simply, pues Alf quería comprar sopas chinas. Y mientras estábamos esperando para pagar, a Hugo se le cayó uno de los M&Ms que se estaba comiendo. Vi cómo lo cogía (le costó atraparlo), y una vez con él en la mano, lo mostró a las chicas que estaban en el mostrador, en plan niño de San Ildefonso. Aún no estoy segura de por qué lo hizo, pero aún me estoy riendo, porque fue muy gracioso verlo con expresión vehemente enseñando el M&M, yo creo que quizás quería enseñárselo a las chicas para que no pensaran que había cogido algo (el muy chorizo, que alguna vez lo hemos pillado saliendo del DÍA con una chocolatina en la mano...), o que había roto algo, que el M&M era SUYO... Qué risa, qué niño más majo y más gracioso y más original, mi pequeño niño de San Ildefonso...

-Como no se acordaba de cómo se va a llamar la nueva primita que va a tener, hermana de Olimpia (y a quien mi hermana Olga quiere llamar Flavia), me dijo que se va a llamar: FRODA. Así que aquí os presento al futuro primo de Froda Bolssom (o como se escriba).

-Anteayer me hice daño con la esquina de un mueble en casa, en el muslo (de hecho, ya tengo el peazo moratón). Cuando Hugo me oyó quejarme, se acercó a mí, me tocó con su manita, diciéndome: "Curita sana, si no se cura hoya se curará mañana", mirándome a los ojos con una dulzura tal que... que se me pasó el dolor antes, claro.

-Ayer se estaba comiendo un bikini de los que le hace su padre con queso fundido y salchichas cortadas por la mitad, pero aún quemaba, y yo estaba en medio y me cayó sobre la pierna un poco de queso caliente (sí, últimamente ando de lo más accidentada), no dolió apenas, pero dije ayssssss, y va él y me toca en la pierna, le pregunto "¿qué haces?" y responde: "Te estoy desquemando".

-Hace unos días me preguntó: "Mamá, ¿cuánto falta para que seas abuela?". "Eso depende de ti", le contesté, y le expliqué cómo sería la cosa más o menos...

-Ayer fuimos a la ciudad, e íbamos en el metro, lo que parece ser que le dio para reflexionar. Me preguntó: "Mami, ¿qué hay dentro de la tierra?". Le contesté que más tierra y que, en ese caso, estaba el metro. Y va y me dice (con cara de entendido en la materia) que es que debajo de la tierra del arenero de su cole es donde está el metro. Me quedé muy sorprendida con esta afirmación. Estábamos saliendo de uno de los trenes, y me dijo: "¿ves, mami?; ahí arriba (señalando al techo) está el arenero de mi cole." He de matizar que su cole está en Las Rozas City, un pueblo a 20 minutos en bus de Madrid. ¡Menudo arenero hay en el cole de mi hijo! ¡Tremendo! jajajaja

Cuando vaya recordando más ocurrencias de este niño que tengo a mi lado tan guapo, bueno, inteligente y sensible, las iré poniendo aquí y en mi blog.

Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite

Las rabietas

“Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite”.

¿Qué es una rabieta?
Cuando nacemos, el principal plan que tiene la naturaleza con nosotros es que podamos sobrevivir. Para ello nos “apega” con las personas que nos cuidan, ya que está comprobado que teniendo a un cuidador cerca vivimos más (recordad que somos una especie muy incompletita cuando nacemos). Por eso es tan importante que los bebés nos reclamen cuando no estamos cerca y por ello es tan importante que nosotros intentemos satisfacer sus necesidades más importantes (alimento, sueño, higiene, contacto…). Solo así se crea un apego seguro entre el niño y sus padres: el niño se da cuenta que tiene personas que le quieren y que le van a cuidar pase lo que pase, y por eso será un niño feliz.

Es importante durante los primeros años de la vida de un niño dejarle bien clarito que “siempre” estaremos con él, que “siempre” le querremos y le cuidaremos, aunque a veces no nos guste “exactamente” lo que hace. Eso es la base de una personalidad segura, independiente y con una autoestima capaz de soportar altibajos y adversidades.

Alrededor de los dos años (puede variar según el niño) la supervivencia del niño está ya más garantizada (se desplaza solo, puede comer casi de todo y con sus propias manos, es autónomo en sus actos más vitales ….) y la naturaleza (¡que sabia que es!) tiene otro plan para nosotros: si al principio era “apegarnos” para sobrevivir, ahora nos prepara para la independencia (pensad que sin independencia no crearíamos una familia propia, y eso es básico para el plan reproductor de la naturaleza). La independencia y autonomía es un largo camino que se va adquiriendo con la edad y a estas edades empezamos de una forma muy rudimentaria.

¿Cómo hace el niño para manifestar su independencia? Pues dada su edad es una estrategia muy simple: consiste solamente en negar al otro. Su palabra más utilizada es el “no” y es fácil de entender porque, negando al otro, empieza a expresar lo que él “no es” porque aún no sabe realmente lo que “es”. Intento explicarme mejor: ¿Cómo sé yo (niño) que soy otro y puedo hacer cosas diferentes a mis padres? ¡Pues llevándoles la contraria!. Puede que aún no tenga claro lo que voy a ser pero así sé lo que no soy: yo no soy mis padres, por lo tanto ¡soy otro!.

El único problema para los niños es que les conlleva un conflicto emocional importante porque como los padres no entienden lo que pasa y normalmente se enfadan con ellos, los niños notan que se están enfrentando a los seres que más quieren y eso les provoca una ambivalencia de sentimientos. Eso, nada más y nada menos, son las famosas rabietas: una lucha interior entre lo que debo hacer por naturaleza y una incomprensión de mis padres hacia tales actos que me provocan unos sentimientos ambivalentes y negativos.

Esa ofuscación entre querer una cosa, no entender lo que pasa y el rechazo paterno, es la fuente de la mayoría de las rabietas. Por eso lo mejor es dejarle claro que haga lo que haga siempre le queremos y le comprendemos, aunque a veces no estemos de acuerdo.

Muchos padres viven esta etapa con mucha ansiedad porque piensan que es una forma que tienen sus hijos de rebeldía, tomarles el pelo y desobediencia. Nada más lejos. En estas conductas del niño no hay ningún sentido de “ponernos a prueba” ni hay ningún juego de poder entre medio (bueno a veces los padres sí que se lo toman como tal, pero el niño nunca pretende “desafiar” al adulto, solo hacer cosas diferentes a sus padres). Si el niño lleva la contraria a sus padres es para comunicarles algo muy importante: “¿lo ves?, me hago mayor. ¡Yo no soy tú!. Puedo querer, desear y hacer cosas que tú no quieres”.

¿Qué hacemos ante una rabieta?
La mejor manera de superar las rabietas la resumo en cinco puntos:

1. Comprendiendo que el niño no pretende tomarnos el pelo.
Esta simple convicción hará que seamos más flexibles con ellos ( y por lo tanto se evitan muchos conflictos). Solamente pretende mostrarnos su identidad diferenciada.

2. Dejando que pueda hacer aquello que quiere.
“¿Y si es peligroso o nocivo?, me preguntaréis. Evidentemente lo primero es salvaguardar la vida humana, pero los niños raramente piden cosas nocivas. ¿Saben lo más peligroso que me pidieron mis hijos cuando eran pequeños? ¡ir sin atar en la sillita del coche!. Evidentemente les dije que no, y no arrancamos hasta que estuvieron convencidos, pero no me han pedido nunca nada tan peligroso. Bueno, una vez mi hijo mayor cogió una pequeña rabieta porque quería un cuchillo “jamonero”, pero la culpa era más mía por dejar a su vista (y alcance) un cuchillo de tales dimensiones, que él por pedirlo. ¿no?

El hecho de que quieran llevar una ropa diferente a la que nosotros queremos puede que atente contra el buen gusto, pero raramente atentará contra la vida humana. Lo mismo pasa con alguna golosina o con otras cosas. Si usted es un padre que vigila que el entorno de su hijo sea seguro, es difícil que pueda pedir o tocar algo nocivo para él. El hecho de el niño pueda experimentar el resultado de sus acciones sin notar el rechazo paterno hará que no se sienta mal ni ambivalente (y, de paso, evitamos la rabieta).

3. Evitando tentaciones.
Los comerciantes saben perfectamente que los niños piden cosas que les gustan (por eso en los grandes supermercados suelen poner chucherías en las líneas de caja) ¿Acaso pensaba que el suyo es el único niño que montaba en cólera por una chuchería?. Si su hijo es de los que pide juguetes cuando los ve expuestos o chucherías si las tiene delante ¿qué espera?. Intente evitar esos momentos (no se lo lleve de compras a una juguetería o intente buscar una caja donde hacer cola que no tenga expositor de juguetes ni dulces) o pacte con él una solución (“Cariño vamos al súper. Mamá no puede estar comprando cada día chuches porque no son buenas para tu barriguita, así que solo elegiremos una cosita”). Si los mayores nos rendimos muchas veces a una tentación (el que esté libre de pecado que tire la primera piedra), ¿por qué pensamos que un niño puede contenerse más que nosotros?.

4. No juzgar a nuestros hijos.
Podemos expresar nuestra disconformidad, pero no atacamos la personalidad del niño o valoramos negativamente su conducta. Es decir, mi hijo no es más bueno o malo porque ha hecho una cosa bien o no. Mi hijo siempre es bueno, aunque a veces yo no le entienda o no me guste lo que ha hecho. En este sentido vean este diálogo:

Mamá: Cariño ha venido tía Marta. Ve a darle un beso.
Niño: No quiero.
Mamá: ¿Cómo que no quieres? Esto está mal. ¡Eres un niño malo!: Tía Marta te quiere mucho y tú no la quieres. Mamá no te querrá tampoco.

A partir de aquí puede haber dos opciones o el niño monta un pataleta del tipo: ¡eres tonta y tía Marta también! y ya la tenemos liada. O bien, ante la idea de perder el amor de su madre, va y le da un beso a tía Marta, a lo que su madre responde: “¡Que bien! Así me gusta ¡Qué bueno eres!” con lo que el niño aprende que es bueno cuando no se porta como él siente y que solo obra bien cuando hace lo único que quiere su madre. Es decir, se nos quiere cuando disfrazamos nuestros sentimientos.

Ninguna de las dos soluciones es correcta, porque en ningún momento hemos evitado atacar la personalidad del niño (eres malo) y hemos valorado su conducta (esto esta mal o esto está bien). Si en lugar de ello hubiéramos entendido sus emociones, a pesar de mostrar nuestra disconformidad, el resultado podría haber sido:

Mamá: cariño ha venido tía Marta. Ve a darle un beso.
Niño: No quiero.
Mamá: Vaya, parece que no te apetece dar un beso a la tía marta. (reconocemos sus sentimientos).
Niño: Sí.
Mamá: Cuando las personas van de visita a casa de otra se les da un beso de bienvenida, aunque en ese momento no se tengan muchas ganas ¿lo sabías?
Niño: No. (Y si dice que sí, es lo mismo).
Mamá: ¿vamos pues a darle un beso de bienvenida a tía Marta?

Normalmente a estas alturas el niño (que ha visto que le han entendido y que no le han valorado negativamente) suele contestar que sí. En el hipotético caso de que siga con su negativa podemos mostrar nuestra disconformidad:

Mamá: El hecho de que no se lo des me disgusta, porque en esta casa intentamos que la gente se sienta bien. ¿Qué podemos hacer para que tía Marta se sienta bien sin tu beso? (a lo mejor tía Marta es una barbuda de mucho cuidado y a su hijo no le apetece darle un beso, pero eso no implica que quiera que se sienta ofendida).
Niño: le diré hola y le tiro un beso.
Mamá: Me parece que has encontrado una solución que nos va a gustar a todos. ¡Vamos!

5. Las rabietas se pasan con la edad.
Llega un día en que el niño adquiere un lenguaje que le permite explicarse mejor que a través del llanto y las pataletas. También llega un día en que sabe lo que “es” y “quiere” y lo pide sin llevar la contraria a nadie. Llega un momento en que, si no hemos impedido sus manifestaciones autónomas y de autoafirmación, tenemos un hijo autónomo, que sabe pedir adecuadamente lo que quiere porque ha aprendido que nunca le hace falta pedirlo mal si su petición es razonable.

¿Cómo hacer que llegue antes este momento en que finalizan las rabietas? Por una parte, hemos de procurar que en la etapa anterior (la del apego que explicábamos al principio) el niño esté correctamente apegado, ya que un niño inseguro tardará más en pasar esta etapa de independencia. Así que si quiere que su hijo sea autónomo, mímele todo lo que pueda cuando sea pequeño. Para adquirir la independencia se necesita seguridad y la seguridad se adquiere con un buen apego.

Una vez haya llegado a la etapa de las rabietas, hemos de intentar que se solucionen cuanto antes. Nada de esto se dará si coartamos su deseo de separarse de nosotros, ya que lo único que se obtiene “intentando” que no se salga con la suya es un niño sumiso o rebelde (depende del tipo y grado de disciplina o autoridad empleada). Normalmente si les “ignoramos” suelen volverse más sumisos y dependientes, aunque lo que vemos es un niño que se doblega y “parece” que mejore en sus rabietas. Pero la causa que provoca esa rabieta sigue en él y se manifestará de otra forma (ahora o en la adolescencia).

Sé que es difícil acordarse de todo ante una rabieta infantil. Sé que es difícil razonar cuando estamos a punto de perder la razón. Sé que es difícil y, por eso, ante la duda de no saber como actuar, intente querer a su hijo al máximo porque él lo estará necesitando, ya que las rabietas también hacen sentirse mal a los niños.

“Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite” o lo que es lo mismo: “intenta ponerte en mi lugar porque yo también lo estoy pasando mal”.

Rosa Jové, psicopedagoga y autora del libro "Dormir sin lágrimas: dejarles llorar no es la solución".

La educación de los niños

Por GUSTAVO MARTÍN GARZO

En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a la vida
Vigilar no se opone a consentir, sólo es corregir un poco nuestra locura
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino que se deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de memorias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".

Gustavo Martín Garzo es escritor.