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Terra
La Coctelera

Categoría: Cuentos

67

"Me estoy atando los zapatos, contento, silbando, y de pronto la infelicidad. Pero esta vez te pesqué, angustia, te sentí previa a cualquier organización mental, al primer juicio de negación. Como un color gris que fuera un dolor y fuera el estómago. Y casi a la par ( pero después, esta vez no me engañás) se abrió paso el repertorio inteligente, con una primera idea explicatoria: "Y ahora vivir otro día, etc." De donde sigue: "Estoy angustiado porque... etc."
Las ideas a vela, impulsadas por el viento primordial que sopla desde abajo (pero abajo es sólo una localización física). Basta un cambio de brisa (¿pero qué es lo que cambia de cuadrante?) y al segundo están aquí las barquitas felices, con sus velas de colores. "Después de todo no hay razón para quejarse, che", ese estilo.

Me desperté y vi la luz del amaneer en las mirillas de la persiana. Salía de tan adentro de la noche que tuve como un vómito de mí mismo, el espanto de asomar a un nuevo día con su misma presentación, su indiferencia mecánica de cada vez: conciencia, sensación de luz, abrir los ojos, persiana, el alba.
En ese segundo, con la omnisciencia del semisueño, medí el horror de lo que tanto maravilla y encanta a las religiones: la perfección eterna del cosmos, la revolución inacabable del globo sobre su eje. Náusea, sensación insoportable de coacción. Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano.
Antes de volver a dormirme imaginé (vi) un universo plástico, cambiante, lleno de maravilloso azar, un cielo elástico, un sol que de pronto falta o se queda fijo o cambia de forma.
Ansié la dispersión de las duras constelaciones, esa sucia propaganda luminosa del Trust Divino Relojero."

(Julio Cortázar, "Rayuela", Capítulo 67)

LOS CAPÍTULOS DE HUGO

Hoy, mientras comía con Hugo en un MacDonald's tras haber estado en el médico en Madrid, he descubierto por qué en algunos recreos no quiere jugar con sus amigos, y prefiere quedarse a solas consigo mismo.

Él estaba muy elocuente, y me lo ha contado todo, ante mi asombro: juega a LOS CAPÍTULOS DE HUGO.

LOS CAPÍTULOS DE HUGO son varios, y me los ha ido enumerando y describiendo mientras yo apuntaba encantada en mi agenda. Son los siguientes:

-Día de las canciones: en esos días, simplemente, canta. Pueden ser canciones que se inventa, o una de Bob Esponja que le gusta especialmente y que se llama "Todo es especial", o puede ser de las de Mario Bros.

-Día de las tropezadas invisibles: él imagina que es una momia, con los ojos cerrados, y va moviéndose, y no tropieza. l día acaba cuando se duerme.

-Día de los saltos acrobáticos: empieza al despertar, y acaba cuando se va a dormir, y consiste en saltar, y saltar y saltar; yo observo que lo hace mucho, una vez le pregunté por qué lo hacía, y me respondió que lo hace cuando está contento. Y hoy precisamente he leído en un libro que saltar ayuda a la felicidad y al bienestar. Así que pienso que Hugo es un ser muy sabio, que ha descubierto uno de los secretos de la felicidad, algo tan simple como saltar. Qué gracioso, eso lo iguala a François Mauriac, un escritor francés y Premio Nobel de Literatura en 1952, que también saltaba cada día frente al espejo. Si cuando yo digo que Hugo es especial, es por algo...

-Día de los saltos bombas en la cabina del fútbol: es una variación del capítulo anterior, sólo que en las porterías de fútbol que hay en su cole.

-Día de pintar comecocos: ese día intenta conseguir papel y lápiz, y dibuja. Lo de los comecocos es lo que ahora le da por hacer, pero imagino que en otras ocasiones habrán sido otros los temas.

-Día de aventura en Madrid: yo creo que este ya lo ha improvisado, pero ha sido el día de hoy, que hemos pasado en Madrid; desde el viaje en autobús y metro, hablando conmigo, hasta la espera en el hospital, pasando por su charla con la Dra., la comida en el MacDonald's...

-Día de la pata coja: ese es un plan, que es el de saltar a la pata coja cuando esté en Murcia, en casa de su prima Olimpia, en su habitación (no sé por qué ha elegido ese entorno en particular, pero me da igual, me parece igual de encantador).

-Día de correr despacito: eso será cuando esté en la estación de tren (da igual cuál), que empezará a correr... así, mami... y me lo ha mostrado, como a cámara lenta.

Mientras estábamos hablando de todo esto, se me ocurrió que podíamos hacer más capítulos, así que ideamos varios más:

-Llegada del tren a casa: se le ha ocurrido a él, es simplemente pensar en cuando hagamos el viaje. No sé cómo enfocar éste, pero ya se me ocurrirá algo.

-De dónde venimos: este es ya antiguo, lo he propuesto yo, a raíz de cuando, más pequeño, me contaba que los niños no vienen de París ni nada de eso, sino que vienen de la luna. Y de la luna caen a dentro de la tripa de mamá.

-La peli de "Río": este, claro, se le ha ocurrido a él, que está muy ilusionado desde que fuimos al cine a ver esa peli. Y cuenta el día entero.

-Juegos enviciados: este también se le ha ocurrido a él, y a mí me encanta, porque va de cuando juega a la Wii, que le ponemos tiempo (1/2 hora o una hora), con un medidor de esos, y cuando éste suena tiene que parar de jugar, y a veces se queda más tiempo, rogando unos minutos más. Esto es buen material para un relato...

Ando ya hace tiempo detrás de hacer alguna cosa para niños, y que la ilustre mi amiga Gabriela, una artistaza. Y, hete aquí que mi inspiración ha sido mi hijo. ¡No podía ser menos!

Mi amiga imaginaria

Mi amiga imaginaria siempre quiere estar conmigo, no puede vivir sin mí. De hecho esto es rigurosamente cierto: sin mí imaginándola, ella no sería nada.

Lo que pasa es que a mí ya me cansa, e incluso me asusta un poco. Porque verdaderamente no soporta verme con nadie que no sea ella; quiere exclusividad. Sólo ella.

Cuando alguien muestra algún interés por lo que soy... allí surge ella, tras una esquina, acechando con una carta ofensiva, con una idea transgresora y polémica, con palabras de hiel.

El interés puede ser por esa forma que tengo de mirar; llama la atención porque miro de reojo y mis ojos son saltones. Pero sea lo que sea, allí está ella, con su mirada más despistada y sus ojos más saltones aún. O puede que les guste mi sonrisa insegura, porque les hace ser más seguros a ellos... hasta que ella aparece de detrás de aquella esquina y mi sonrisa desaparece. Siempre lo mismo, estoy cansada de sentirla al acecho...
La gente pensará que por qué la imagino si me molesta tanto. No sé, es un quiero y no puedo, es un amor y es un odio. Supongo que de alguna forma yo también la busco, he creado un monstruo y no sé cómo destruirlo. Ella lo sabe, y se alimenta de mi imaginación y se regocija con mis contradicciones, porque la hacen más viva.

Algún día mi amiga imaginaria me suplantará del todo, y entonces estaré perdida.

5 francos belgas

5 FRANCOS BELGAS
Érase una vez una moneda dorada que nació en una casa cualquiera de una ciudad cualquiera en Bélgica. Era una moneda de 5 francos,- con 5 francos se puede comprar un caramelo de menta, una golosina en forma de nube rosa y poco más-, acuñada con primor pero con la misma exactitud matemática que sus hermanas.

Finalizada la acuñación, hecha un día cualquiera de un año cualquiera (aunque es muy probable que fuese 1993), fue trasladada de lugar junto con sus hermanas monedas y hermanos billetes.

Era una moneda sencilla y a la vez hermosa. Su cara era la de un señor; un señor cualquiera, aunque con cierta probabilidad era un señor importante en aquel país. Su cruz tenía un 5 muy grande en el centro, con la F más bonita que se haya visto nunca, pues la F, con la sencillez de sus ángulos, con la rectitud de sus tres líneas, representa uno de los sonidos más dulces, suaves y cálidos del mundo. La moneda estaba muy orgullosa de su F, y con razón.

Debajo rezaba la palabra BELGIQUE, acuñada en letras mayúsculas sobre una base curva, y más abajo aún, el año de su acuñación. En fin, una moneda cualquiera, con su belleza justa y para su justa utilidad.
La vida de las monedas es muy larga, es más, son inmortales, pues hay monedas que tienen más de 2.000 años de antigüedad.

Pero una vida puede ser larga, y una vida útil demasiado corta. Y tuvo que venir el Euro de nuestros desvelos a relegar nuestros francos de efes dulces y nuestras libras irlandesas de liras musicales y nuestras liras tremendamente largas de ceros y nuestros cinco duros parecidos a donuts, a simples recuerdos de nuestra visita a este país o el otro, guardados en cajitas de flores y en pastilleros, recuerdos olvidados.

Así que los 5 francos belgas se convirtieron de la noche a la mañana en una sosa moneda de 10 céntimos acompañada de tres miniaturas de cobre. Vale, voy corriendo a comprarme una nube de chuche y un caramelo de menta o un regaliz, aunque observo que da para menos esta vez, quizás media nube y un cuarto de regaliz.

Es lo que tiene el Euro, que nos ha jodido la vida un poco a todos.

No quiero que esa moneda de 5 francos belgas muera del todo, de ahí este cuento dedicado a ella.

ABRÁZAME

"Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia. Quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera la vida... para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido. "

(El club de los poetas muertos)

Era uno de esos niños con "mucha vida interior", que se suele decir. En el cole, pasaba mucho tiempo solo, por decisión propia. A veces jugaba con otros niños, se llevaba bien con todos. Pero la mayoría de las veces él prefería sentarse en un rincón del patio durante el recreo, y mientras tomaba su bocadillo, a pensar. La media hora que duraba el recreo nunca le parecía suficiente para pensar en todo lo que tenía que pensar. A sus siete años y medio lo tomaba como un trabajo, un trabajo que adoraba: preguntarse por qué las estrellas se ven tan chiquititas desde abajo, y siempre hay que mirarlas de lado para que crezcan un poquito, y por qué los números son infinitos; pensar en la belleza de las nubes que forman figuras, maravillarse de que las gotas de lluvia no se puedan atrapar; pensar en alguna argucia para hacer hablar a los árboles... Ese tema en concreto era el que más ocupado lo tenía últimamente.

A ver, se decía a sí mismo, si, como nos dicen en Cono, los árboles son seres vivos, tendrán que respirar, ¿no?; y si respiran, también hablarán, digo yo... Pero yo siempre que voy al bosque intento escuchar, y sólo oigo al viento...

Preguntó a papá, pero éste no supo contestarle satisfactoriamente, sino que le explicó que los árboles hablaban de otra forma que nosotros, y luego empezó a contarle no sé qué de fotosíntesis y clorofila que no le interesaba en absoluto y sólo le dio ganas de comerse un chicle de menta, para lo cual le pidió dinero, que papá le dio con una sonrisa.

Preguntó a mamá, y ella simplemente le contestó que no sabía por qué, y se reía, admirada y encantada de los temas que le interesaban a su hijo. Me parecen encantadoras y ocurrentes, dijo, las preguntas que te haces a veces, cariño.

Preguntó a su hermano mayor, pero sólo la cara de desinterés que puso éste le bastó para rectificar, no, no es nada, da igual...

Aquella tarde, en la biblioteca del cole, se le ocurrió buscar libros que hablaran de los árboles. Y preguntó a Sebastián, el bibliotecario, por dónde podía comenzar.

Sebastián sabía mucho sobre libros, y en realidad sobre todas las cosas sobre las que él le preguntaba. Le encantaba escuchar sus historias, tenía muchas, pues era una persona muy mayor, más mayor que su abuelo el de Estepona, más mayor que Gandalf, había vivido mucho, y muchas de las respuestas a sus preguntas las tenía metidas en el bolsillo, como le decía siempre, con una sonrisa en los labios, cuando lo veía acercarse a él con la duda y la incertidumbre pintadas en la cara.

Esta vez no fue diferente. Su sonrisa se ensanchó mientras le indicaba dónde podía encontrar información interesante sobre los árboles.

Pero no encontrarás la información que buscas en los libros, aunque éstos se hagan con árboles, le comentó. Yo te diré qué tienes que hacer para escuchar a cualquier árbol, siempre tienen muchas cosas que contarnos.
Cuando vayas a la dehesa, tienes que buscar el árbol más grande del grupo que hay tras el claro. Tiene un tronco muy grueso, y hay un agujero en él. Y qué hay en ese agujero
, preguntó el niño. Es un secreto, fue la respuesta enigmática de Sebastián.

El niño, emocionado, no podía esperar, y fue corriendo a casa para ver si el día pasaba más rápidamente.
Su mamá lo miro extrañada, y le dijo, te veo muy contento, ¿qué te ha pasado hoy? Su sonrisa lo delataba. Nada, mami, es que he ganado la partida de canicas.

Se tomó la cena en un santiamén, y se fue a su cuarto a acabar los deberes y a escribir en su diario que mañana sería un gran día.

La mañana siguiente en la clase le pareció más larga que un día sin pan. Al salir del colegio tomó su bici y pedaleó tan rápido que estuvo a punto de chocar contra un árbol. Será una señal, pensó.

Cuando llegó a la dehesa tiró la bicicleta al suelo y se puso a buscar el árbol. Después de un cuarto de hora se encontró con un árbol extraño. Destacaba porque tenía un tronco muy ancho, tan ancho que no era posible abrazarlo entre tres personas. En el centro, a un par de metros del suelo, había un agujero oscuro. Era aquel hueco del que le habló el bibliotecario. Para alcanzarlo necesitaría ayuda. De pronto se le iluminó la mente pensando en su bicicleta. Dio media vuelta y fue por ella. La colocó apoyada al tronco, se subió, no sin dificultad, al sillín, y de un salto se agarró a la primera rama como a un clavo ardiendo. Metió la mano en el hueco: había un libro con tapa de cuero que parecía muy antiguo. Lo cogió y saltó al suelo. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo veía, y camufló el cuaderno debajo de su camisa como si se tratase de un tesoro.

Cuando volvió a casa vio que no era un libro sino un cuaderno. En la primera página ponía CUADERNO DE DESEOS, y más abajo decía "Un deseo por una semilla. Escríbelo y devuélvemelo, y te daré una semilla".
El niño se emocionó mucho, porque en aquel momento su único deseo era poder comunicarse con los árboles. Así que escribió con su cuidadosa letra redonda de niño "Deseo poder escuchar a los árboles".

Luego, cogió de nuevo su bici y pedaleó rápidamente hacia la dehesa. Fue derecho al árbol de donde había cogido el cuaderno, y volvió a meter éste en el hueco. Allí vio la semilla, que, contento, plantó en la mitad del claro. Mientras lo hacía pensaba que el mismo hecho de plantar la semilla ya significaba que se estaba comunicando con un árbol, así que de alguna forma estaba cumpliendo su deseo.

Pero cuando lo contó a Sebastián, éste le dijo que aún tendría que volver al hueco del árbol, porque era precisamente en ese punto en el que iba a poder experimentar algo maravilloso.

Al día siguiente, pues, pedaleó con ganas de nuevo hacia la dehesa.

Cuando cogió el cuaderno del hueco, su corazón iba a mil por hora. No podía imaginarse qué podía ser más maravilloso que lo que ya estaba viviendo. Pero en cuanto leyó la nueva palabra escrita en el cuaderno, se apresuró a hacer lo que ésta le indicaba. En el cuaderno estaba escrito: ABRÁZAME.

Cuando el niño abrazó al árbol, notó su respiración y su latido, tan fuerte como cuando abrazaba a su mamá. Sus ojos se anegaron en lágrimas, de pura emoción. Y no pudo dar crédito a sus oídos cuando oyó cómo el árbol le susurraba: "Cada vez que quieras hablar conmigo, abrázame. Cada vez que quieras hablar con cualquier árbol, abrázanos, y escucha lo que queremos decirte. Queremos decirte que somos un bien precioso, y que necesitamos mucho cariño ahora que escaseamos. Necesitamos que tú y más gente como tú nos deis ese cariño, y nos escuchéis, pues esa será la forma de que entre todos podamos escuchar a su vez a la Madre Tierra, que últimamente grita de dolor ante lo que ve y lo que sufre. Por favor, lleva este mensaje a los demás niños. Entre todos tenemos que curarla."

Olas

Vienen y van. Ahora arriba, ahora abajo. A veces ondulantes y a veces afiladas. Como un dolor que viene y se va, no intenso pero sí testarudo. Como la consciencia cuando te mareas, que se va yendo a trocitos acompañada de puntos chispeantes que parecen instalados en tus ojos. Como una sábana extendida entre dos personas a la hora de hacer la cama, provocando viento por debajo.

Vienen y van, las temporadas de bienestar y de ansiedad, de sosiego y de negrura.

Pero esta vez las olas son como de estanque en calma.

ESCONDE SIN ORGULLO TU ORGULLOSO AMOR

Porto Maurizio3 gen06 al  El hombre mirando la caida del sol

 Poner toda la esperanza en una mirada, evitar la incomprensión con un abrazo de hombres; de padre a hijo, de hermano a hermano, un primo, un buen amigo, palmadas en la espalda incluidas, no se vayan a creer lo que es y lo que simulan que no es.

En la despedida, todo queda en casa, la pasión del último encuentro antes de partir, el contacto íntimo en todos los rincones, que no quede ni un solo resquicio de tu cuerpo fuera de mi memoria mientras esté lejos. En el aeropuerto más miradas, cuídate, tú también, pensaré en ti en voz muy baja, apenas perceptible para los demás viajeros. Y más miradas que dicen te quiero infinito, qué haré sin ti tanto tiempo, miradas intensas y enormes porque en ellas cabe todo el universo, la inmensidad de un amor orgulloso y escondido, la pasión que se ha quedado en la cama de casa. Y abrazos, no me quiero ir, pero tengo que hacerlo, lo comprendo, te esperaré. Un abrazo último, que rompe, que intenta abarcarlo todo, tocar todo lo posible del ser amado, incluida su alma, no he podido evitar agarrar tu mano entrelezando tus dedos con los míos, espero que nadie nos haya visto...

Una última mirada atrás en la puerta de embarque, y la imagen queda en la retina grabada a fuego.

Estando lejos está la tecnología, el teléfono, internet, Facebook, el MSN. No poder tocarle se me hace un mundo, pero tengo su voz cada día, tengo sus palabras cada vez que enciendo el ordenador, y tengo su recuerdo cada noche.

Y llega el momento en que nos vemos de nuevo. Espero ese día desde hace tiempo, con impaciencia, con ardor, con nerviosismo, con alegría y un poco de inseguridad. En casa me pongo mi mejor camisa, esa que sé que le gusta tanto.

Levantarte ese día con mariposas en el estómago, más pulsaciones que normalmente, ansiedad, expectación y mil cosas más. Coger metro, tren, metro de nuevo, en un viaje eterno, más largo aún que el que te hizo cruzar el charco. En la sala de espera qué fastidio que el avión se retrasa. No puedes esperar más.

Allí sale, con su bolsa de mano, expresión de asombro y ojos de búsqueda. Tan elegante como siempre. Cuando nuestras miradas coinciden algo hace click, algo se encaja de forma natural y todo en el mundo vuelve a su sitio.

El abrazo esperado, deseado, soñado. Un abrazo húmedo de alegría, se escapan incluso carcajadas entre las lágrimas, no hay otra forma de expresar esa felicidad que nace al volver a ver al ser amado.

Maletas, buscar taxi, cuéntame qué tal el viaje, todo esto bebiéndose con los ojos, que lo dicen todo, todo lo que no han podido decir en estos meses de ausencia y más, te veo bien, el deseo surge, pero como no vayamos al aseo o a Chueca a besarnos, difícil lo veo...

En el taxi todo son palabras, como si la conversación pudiese enmascarar esas expresiones de amor que tanto anhelan, o simplemente retenerlas hasta llegar a casa. Qué tal allí, y tu trabajo, la familia, como está la casa; me la estás cuidando bien, ya sabes que sí... Cosas que ya saben pero que conforta volver a decirlas, formar parte del juego que marca la sociedad de la doble moral, mira que si el taxista es un homófobo de esos como en nuestro país, piensa uno, en casa le diré que en este país las cosas son ligeramente más diferentes que allá, que hay que tener cuidado pero menos, barrunta el otro...

Subir las escaleras del portal con urgencia, esperar el ascensor impacientes, espero que no pase un vecino inoportuno... Y cuando las puertas mecánicas se cierran las maletas caen y las dos bocas se buscan como imanes, se hurgan, se redescubren, se prueban y... sabe a gloria. El amor verdadero sabe dulce. Como un pie de merengue y limón.

Esta casa extraña es nuestro paraíso particular, pues es donde podemos despojarnos de los ropajes que nos obligan a llevar, ropajes negros de secretos, de miedos, de incomprensiones. Y ya desnudos somos nosotros mismos, y nos reconocemos y nos entendemos (como dicen aquí), y nos exploramos con fruición, y la pasión por fin se permite entrar en nosotros, y el delirio deja paso tras muchas horas eternas y tan cortas a una PAZ que hay que escribir con mayúscula porque ella misma es mayúscula, porque la sed está saciada por el momento, el hambre ya no agarra el estómago con garras de acero y el corazón late al ritmo del otro corazón, dos corazones gemelos y dos manos agarradas, una estampa de amor después del amor, ni más ni menos.

Y luego ya habrá tiempo de patearse la ciudad, de probar restaurantes, de seguir mirándonos pero de forma pausada, serena, como siempre. Y de seguir hablando... Seguir escuchando esa voz dulce y varonil, lo único que me ha acompañado todo este tiempo.

Pero esconde, esconde sin ningún orgullo ese amor inmenso y orgulloso. Puede que algún día puedas gritarlo al viento. Ese día ha de estar cerca.

 

Este relato viene de una intuición (no tiene otro nombre). Y lo dedico (con todo mi cariño) a alguien que no sabe que se lo dedico, y sólo yo sé quién es esa persona.

Las Rozas, 28 de enero de 2009

MIS NOMBRES

Tengo muchos nombres. No sabía que tuviera tantos, pero sí que hay muchos yos dentro de mí, así que tiene su lógica que haya esa cantidad de formas de llamarme...

Casi todo el mundo me llama Laura. Ese es mi nombre más usado. Me gusta. Suena musical, y sabe dulce (y yo soy muy golosa). Es corto, pero llena la boca.

También su significado es bonito: "laurel". El laurel es una planta aromática. Su olor es intenso y con un punto amargo. Se usa como condimento, y a mí me gusta echarlo en las lentejas. Pero también está su lado negro: demasiado laurel puede amargar un caldo... Yo soy así. Muy intensa, pero a veces... demasiado.

Con laurel se coronaba a los triunfadores en la antigua Roma, así que el triunfo es otro de los significados de mi nombre más usado. Aún ando esperando ese triunfo.

Aunque quizás esa espera de hace 4 años fuera el preludio de mi mayor triunfo: dar vida.

Otra de las razones por las que me gusta mi nombre es por la historia que tiene detrás.

Mi madre no tenía claro qué nombre ponerme en el bautizo. Y el sacerdote que me bautizó, amigo de la familia, la sugirió el nombre de Laura. Ese mismo día él bautizaba también a una sobrina, que se llamaría Beatriz. Laura y Beatriz son los amores platónicos. Petrarca amó a Laura y Dante a Beatriz. Así que me gusta decir que mi nombre es muy literario.

Tengo otro nombre, pero es el que odio (y el que viene en mi DNI). nadie me llama así excepto mi madre cuando está enfadada conmigo. Me llamo Laura María como un homenaje a mi abuela materna, María. Pero siempre que oigo ese nombre recuerdo a mi madre gritando: "¡Laura Mª, ven a hacer la cama ahora mismo!" o "¡Laura Mª, quita la lozaaaa!". Y eso me pone de mal humor.

Otro nombre dulce que tengo (me gusta pensar que sigo poseyendo todos mis nombres, aún cuando ya hace tiempo que nadie me llame así) es Baba. Pronúnciese la /b/ apretando labio inferior contra los dientes superiores. Ese nombre evoca en mí a un mañaco de ojazos negros y rizos de color castaño comiendo peras jugosas, empapado en el dulce líquido de la fruta, y llamando a su hermana mayor en su media lengua. Me enternece recordarlo, porque ya hace tiempo que ese bebé pasó a ser el difícil joven del que ahora me siento tan lejos...

Bababaía es una variante de mi nombre odiado. Era lo que yo respondía cuando los mayores me preguntaban cómo me llamaba, teniendo un año. Y vuelvo a evocar. Esta vez recuerdo uno de esos magnetofones antiguos donde mi padre grababa mi voz recitando la Escala de Moss: talco, yeso, calcita, fluorita, apatito, ortosa... Lo que se aprende en esos primeros años nunca se olvida.

Picoleta me lleva a la adolescencia, ese difícil período. Recuerdo la raspa que yo era, con ese abundante pelo, esas gafas de culo de vaso y aquel diente hacia afuera de mi boca, amenazando perpetuamente con taladrar lo que no me gustase... Fue un calvario hasta que las lentillas y el aparato corrector entraron en mi vida, pero recuerdo el mote con cariño. Hasta tenía su apellido, que le daba legitimidad aunque no sea el mío: Picoleta Hernández. Lo revestía de autenticidad.

El hombre que más amé gustaba de llamarme Chiquitina, y aquello me devolvía a la niñez que nunca se quiere abandonar del todo. Es un nombre tierno. También me llamaba Morenita.

Al padre de mi futuro hijo no le deben de gustar otros nombres que los que nos pusieron en el Registro al nacer, y eso que a nuestro hijo Hugo quiere llamarlo Ndugu, un nombre que aparece en la película "A propósito de Schmidt". A veces me llama Pochola, con una torpeza enternecedora...

Mi sobrina de dos años está en plena fase de empezar a hablar en su media lengua. A mí me llama Blabla, y me encanta oírla llamarme: "Blablaaaa, Hugo mi pigaooooo", con una entonación encantadora.

En el trabajo tengo una compañera a la que gusta llamarme como una de las localidades malagueñas en las que tenemos centros médico concertados que derivamos a la gente: Alhaurín de la Torre. Ella me llama Laurín de la Torre, y yo le respondo riendo que, ya que estamos, me llame mejor Laurín la Grande, en referencia al otro pueblo malagueño llamado Alhaurín el Grande.

Estos son mis nombres. Estos son todos mis yos.