Categoría: Cuentos
5 Agosto 2009
Vienen y van. Ahora arriba, ahora abajo. A veces ondulantes y a veces afiladas. Como un dolor que viene y se va, no intenso pero sí testarudo. Como la consciencia cuando te mareas, que se va yendo a trocitos acompañada de puntos chispeantes que parecen instalados en tus ojos. Como una sábana extendida entre dos personas a la hora de hacer la cama, provocando viento por debajo.
Vienen y van, las temporadas de bienestar y de ansiedad, de sosiego y de negrura.
Pero esta vez las olas son como de estanque en calma.
servido por laguiru
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28 Enero 2009

Poner toda la esperanza en una mirada, evitar la incomprensión con un abrazo de hombres; de padre a hijo, de hermano a hermano, un primo, un buen amigo, palmadas en la espalda incluidas, no se vayan a creer lo que es y lo que simulan que no es.
En la despedida, todo queda en casa, la pasión del último encuentro antes de partir, el contacto íntimo en todos los rincones, que no quede ni un solo resquicio de tu cuerpo fuera de mi memoria mientras esté lejos. En el aeropuerto más miradas, cuídate, tú también, pensaré en ti en voz muy baja, apenas perceptible para los demás viajeros. Y más miradas que dicen te quiero infinito, qué haré sin ti tanto tiempo, miradas intensas y enormes porque en ellas cabe todo el universo, la inmensidad de un amor orgulloso y escondido, la pasión que se ha quedado en la cama de casa. Y abrazos, no me quiero ir, pero tengo que hacerlo, lo comprendo, te esperaré. Un abrazo último, que rompe, que intenta abarcarlo todo, tocar todo lo posible del ser amado, incluida su alma, no he podido evitar agarrar tu mano entrelezando tus dedos con los míos, espero que nadie nos haya visto...
Una última mirada atrás en la puerta de embarque, y la imagen queda en la retina grabada a fuego.
Estando lejos está la tecnología, el teléfono, internet, Facebook, el MSN. No poder tocarle se me hace un mundo, pero tengo su voz cada día, tengo sus palabras cada vez que enciendo el ordenador, y tengo su recuerdo cada noche.
Y llega el momento en que nos vemos de nuevo. Espero ese día desde hace tiempo, con impaciencia, con ardor, con nerviosismo, con alegría y un poco de inseguridad. En casa me pongo mi mejor camisa, esa que sé que le gusta tanto.
Levantarte ese día con mariposas en el estómago, más pulsaciones que normalmente, ansiedad, expectación y mil cosas más. Coger metro, tren, metro de nuevo, en un viaje eterno, más largo aún que el que te hizo cruzar el charco. En la sala de espera qué fastidio que el avión se retrasa. No puedes esperar más.
Allí sale, con su bolsa de mano, expresión de asombro y ojos de búsqueda. Tan elegante como siempre. Cuando nuestras miradas coinciden algo hace click, algo se encaja de forma natural y todo en el mundo vuelve a su sitio.
El abrazo esperado, deseado, soñado. Un abrazo húmedo de alegría, se escapan incluso carcajadas entre las lágrimas, no hay otra forma de expresar esa felicidad que nace al volver a ver al ser amado.
Maletas, buscar taxi, cuéntame qué tal el viaje, todo esto bebiéndose con los ojos, que lo dicen todo, todo lo que no han podido decir en estos meses de ausencia y más, te veo bien, el deseo surge, pero como no vayamos al aseo o a Chueca a besarnos, difícil lo veo...
En el taxi todo son palabras, como si la conversación pudiese enmascarar esas expresiones de amor que tanto anhelan, o simplemente retenerlas hasta llegar a casa. Qué tal allí, y tu trabajo, la familia, como está la casa; me la estás cuidando bien, ya sabes que sí... Cosas que ya saben pero que conforta volver a decirlas, formar parte del juego que marca la sociedad de la doble moral, mira que si el taxista es un homófobo de esos como en nuestro país, piensa uno, en casa le diré que en este país las cosas son ligeramente más diferentes que allá, que hay que tener cuidado pero menos, barrunta el otro...
Subir las escaleras del portal con urgencia, esperar el ascensor impacientes, espero que no pase un vecino inoportuno... Y cuando las puertas mecánicas se cierran las maletas caen y las dos bocas se buscan como imanes, se hurgan, se redescubren, se prueban y... sabe a gloria. El amor verdadero sabe dulce. Como un pie de merengue y limón.
Esta casa extraña es nuestro paraíso particular, pues es donde podemos despojarnos de los ropajes que nos obligan a llevar, ropajes negros de secretos, de miedos, de incomprensiones. Y ya desnudos somos nosotros mismos, y nos reconocemos y nos entendemos (como dicen aquí), y nos exploramos con fruición, y la pasión por fin se permite entrar en nosotros, y el delirio deja paso tras muchas horas eternas y tan cortas a una PAZ que hay que escribir con mayúscula porque ella misma es mayúscula, porque la sed está saciada por el momento, el hambre ya no agarra el estómago con garras de acero y el corazón late al ritmo del otro corazón, dos corazones gemelos y dos manos agarradas, una estampa de amor después del amor, ni más ni menos.
Y luego ya habrá tiempo de patearse la ciudad, de probar restaurantes, de seguir mirándonos pero de forma pausada, serena, como siempre. Y de seguir hablando... Seguir escuchando esa voz dulce y varonil, lo único que me ha acompañado todo este tiempo.
Pero esconde, esconde sin ningún orgullo ese amor inmenso y orgulloso. Puede que algún día puedas gritarlo al viento. Ese día ha de estar cerca.
Este relato viene de una intuición (no tiene otro nombre). Y lo dedico (con todo mi cariño) a alguien que no sabe que se lo dedico, y sólo yo sé quién es esa persona.
Las Rozas, 28 de enero de 2009
servido por laguiru
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14 Octubre 2008
Tengo muchos nombres. No sabía que tuviera tantos, pero sí que hay muchos yos dentro de mí, así que tiene su lógica que haya esa cantidad de formas de llamarme...
Casi todo el mundo me llama Laura. Ese es mi nombre más usado. Me gusta. Suena musical, y sabe dulce (y yo soy muy golosa). Es corto, pero llena la boca.
También su significado es bonito: "laurel". El laurel es una planta aromática. Su olor es intenso y con un punto amargo. Se usa como condimento, y a mí me gusta echarlo en las lentejas. Pero también está su lado negro: demasiado laurel puede amargar un caldo... Yo soy así. Muy intensa, pero a veces... demasiado.
Con laurel se coronaba a los triunfadores en la antigua Roma, así que el triunfo es otro de los significados de mi nombre más usado. Aún ando esperando ese triunfo.
Aunque quizás esa espera de hace 4 años fuera el preludio de mi mayor triunfo: dar vida.
Otra de las razones por las que me gusta mi nombre es por la historia que tiene detrás.
Mi madre no tenía claro qué nombre ponerme en el bautizo. Y el sacerdote que me bautizó, amigo de la familia, la sugirió el nombre de Laura. Ese mismo día él bautizaba también a una sobrina, que se llamaría Beatriz. Laura y Beatriz son los amores platónicos. Petrarca amó a Laura y Dante a Beatriz. Así que me gusta decir que mi nombre es muy literario.
Tengo otro nombre, pero es el que odio (y el que viene en mi DNI). nadie me llama así excepto mi madre cuando está enfadada conmigo. Me llamo Laura María como un homenaje a mi abuela materna, María. Pero siempre que oigo ese nombre recuerdo a mi madre gritando: "¡Laura Mª, ven a hacer la cama ahora mismo!" o "¡Laura Mª, quita la lozaaaa!". Y eso me pone de mal humor.
Otro nombre dulce que tengo (me gusta pensar que sigo poseyendo todos mis nombres, aún cuando ya hace tiempo que nadie me llame así) es Baba. Pronúnciese la /b/ apretando labio inferior contra los dientes superiores. Ese nombre evoca en mí a un mañaco de ojazos negros y rizos de color castaño comiendo peras jugosas, empapado en el dulce líquido de la fruta, y llamando a su hermana mayor en su media lengua. Me enternece recordarlo, porque ya hace tiempo que ese bebé pasó a ser el difícil joven del que ahora me siento tan lejos...
Bababaía es una variante de mi nombre odiado. Era lo que yo respondía cuando los mayores me preguntaban cómo me llamaba, teniendo un año. Y vuelvo a evocar. Esta vez recuerdo uno de esos magnetofones antiguos donde mi padre grababa mi voz recitando la Escala de Moss: talco, yeso, calcita, fluorita, apatito, ortosa... Lo que se aprende en esos primeros años nunca se olvida.
Picoleta me lleva a la adolescencia, ese difícil período. Recuerdo la raspa que yo era, con ese abundante pelo, esas gafas de culo de vaso y aquel diente hacia afuera de mi boca, amenazando perpetuamente con taladrar lo que no me gustase... Fue un calvario hasta que las lentillas y el aparato corrector entraron en mi vida, pero recuerdo el mote con cariño. Hasta tenía su apellido, que le daba legitimidad aunque no sea el mío: Picoleta Hernández. Lo revestía de autenticidad.
El hombre que más amé gustaba de llamarme Chiquitina, y aquello me devolvía a la niñez que nunca se quiere abandonar del todo. Es un nombre tierno. También me llamaba Morenita.
Al padre de mi futuro hijo no le deben de gustar otros nombres que los que nos pusieron en el Registro al nacer, y eso que a nuestro hijo Hugo quiere llamarlo Ndugu, un nombre que aparece en la película "A propósito de Schmidt". A veces me llama Pochola, con una torpeza enternecedora...
Mi sobrina de dos años está en plena fase de empezar a hablar en su media lengua. A mí me llama Blabla, y me encanta oírla llamarme: "Blablaaaa, Hugo mi pigaooooo", con una entonación encantadora.
En el trabajo tengo una compañera a la que gusta llamarme como una de las localidades malagueñas en las que tenemos centros médico concertados que derivamos a la gente: Alhaurín de la Torre. Ella me llama Laurín de la Torre, y yo le respondo riendo que, ya que estamos, me llame mejor Laurín la Grande, en referencia al otro pueblo malagueño llamado Alhaurín el Grande.
Estos son mis nombres. Estos son todos mis yos.
servido por laguiru
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14 Octubre 2005

El sol parece haberse quedado rezagado tras uno de esos inmensos nubarrones negros que amenazan la ciudad, temeroso de malgastar esa luz tan valiosa. Son las ocho de la mañana, y Elisa remolonea en la cama,
después de matar ese persistente y molesto ruido del despertador. Pero hace tiempo que dejó de ser aquella niña holgazana a quien su madre sabía cómo sacar de la cama entre mimos y quejas. Ahora son sus propios hijos quienes alargan la agradable sensación de calor entre suaves sábanas y edredones.
Una tos estrepitosa la acaba de espabilar, y se vuelve a su marido, temerosa. Pero Jorge, tras echar su vida en espasmos de tos, parece haber vuelto a su sueño interrumpido. Elisa permanece un rato mirándolo. ¿Qué diferencia hay entre el Jorge de hoy y el de hace diez años?. Aparentemente, ha cambiado para mejor. Una pequeña cantidad de canas en las sienes le dan ese aspecto maduro e interesante que muchas mujeres admiran. Varios años asistiendo a un gimnasio y practicando deportes han hecho de su cuerpo un despliegue de bellos músculos. Siempre ha sido esbelto, y con gusto en el vestir. Eso, unido a su natural simpatía y su dulzura de ademanes, le hacen ser un hombre muy atractivo.
Elisa recuerda el día en que lo conoció. Sonia y ella estaban en el hall del Conservatorio de Música, esperando para entrar en clase de piano. Era su primera clase de aquel curso, y ambas estaban nerviosas, pues no sabían qué profesor les tocaría ese año. Cuando vieron entrar a Jorge, las dos sintieron que aquel hombre sería una parte importante en sus vidas.
Elisa sintió su corazón latir acelerado al mirar sus ojos. Lo que Sonia sintió fue muy diferente. Primero miró a Elisa, y luego a Jorge. Entonces comprendió, calló y comenzó a sufrir.
Sonia era brillante al piano. Empezó a los ocho años, y cuando tocaba parecía estar poseída por esa magia de la música que sólo conquista a unos pocos privilegiados. Elisa, habiendo comenzado a estudiar a la misma edad, distaba de la genialidad de su amiga, pero tenía una forma especial de tocar, sus dedos apenas parecían rozar las teclas, todo en ella era etéreo, suave, delicado. Era bello verla tocar, parecía un hada volando sobre el piano.
Jorge y ella en seguida intimaron. Clases de repaso dieron lugar a cafés en la cantina del Conservatorio, donde discutían sobre la pasión de los autores Románticos en contraste con la superficialidad de los Neoclásicos. Pero la historia comenzó la noche en que Jorge la invitó a cenar en un famoso restaurante. El perfecto romance entre un profesor de música de treinta años y su alumna, diez años más joven.
Entretanto, Sonia sufría en silencio. Nunca antes había sentido esos celos, que la carcomían y hacían su carácter aún más silencioso y sombrío. Elisa se daba cuenta de ello, pero no podía hacer cambiar a su amiga. Quería mucho a Sonia, ambas habían crecido juntas, y su amistad tenía más de pasión que de simple cariño. Eran la una para la otra, y ambas habían sacrificado algunos amores en beneficio de aquella amistad que tanto bien les proporcionaba.
Elisa despierta a su marido. Después de jugar un rato en la cama, lo apremia para que se dé una ducha mientras ella prepara el desayuno. Jorge tiene una clase a las once, y Elisa....tiene que llevar a los niños al colegio, arreglar la casa, hacer la compra y preparar la comida. Quizá todavía le quede un ratito para tocar el piano antes de ir a recoger a los chiquillos.
Mientras Jorge se ducha, tarareando un aria de Verdi, Elisa abre los cajones de la coqueta, buscando el jersey que su marido le ha pedido. Sobre el mueble hay una foto de su boda. Jorge está radiante, diez años más joven. Elisa está muy guapa y sonriente. Pero hay algo en su sonrisa que le da la impresión de estar roto. ¿En qué estaría pensando en el momento de la foto?. A unos metros de ella está Sonia. Ella siempre había translucido todo su ser en su expresión, y en la foto su rostro muestra esa profunda tristeza interior. Sus ojos azules parecen más lejanos y tristes que nunca, y su cabello negro acentúa la tristeza de su bello rostro. Hace muchos años que Elisa no sabe nada de ella. Tras la boda, su distanciamiento fue aún más intenso. Sonia comenzó a dar conciertos fuera de la ciudad, y pronto su fama se extendió fuera del país. Elisa en cambio tomó la decisión que dio a su futuro un giro muy diferente al que ella pensó. A partir de entonces su única carrera y vocación fueron Jorge, y, dos años después, los gemelos, Silvia y Pablo.
Elisa piensa ahora en Sonia. No ha dejado de pensar en ella ni un sólo día desde la última vez que la vio. Para ella la separación fue natural. Ambas tenían diferentes objetivos trazados en sus vidas. pero lo que no le parece normal es que Sonia no supiera aceptar ese hecho, y se esfumara de su vida tan rápidamente. Todo lo que sabe de ella es que es una afamada concertista, y que vive en París. No tiene idea de si se ha casado o no, pero no lo cree. Sonia siempre ha sido muy independiente..
Ahora siente un extraño vacío en el estómago. Lo sintió por primera vez cuando le dijo a Sonia que Jorge y ella habían decidido casarse, y Sonia reaccionó de aquella forma tan rara, tirando de un manotazo las partituras y tocando la ************* con desenfreno. Cuando acabó de interpretar la pieza, los ojos de Elisa estaban llenos de lágrimas. Sonia se levantó de la banqueta, estrechó a Elisa entre sus brazos y la besó.
En los diez años que habían transcurrido, Elisa había sentido ese extraño dolor, esa sensación de estar incompleta, de faltarle algo cada día al levantarse y pensar en su amiga. Era feliz al lado de Jorge, pero sentía que había algo en ella que se escapaba, algo que él no sabía darle. Ese vacío se había agrandado con los años.
Elisa prepara el desayuno. A Jorge le gustan los huevos muy hechos, y todavía no ha despertado a los pequeños. Hoy se demora más en sus quehaceres. Encuentra su vida una oscura rutina, sólo iluminada por la existencia de esos dos tesoros que son sus hijos.
Su marido tiene ya todo preparado para irse. Su beso le ha sabido diferente hoy. No tenía ningún sabor, y Elisa de pronto recuerda aquel beso que Sonia le dio: aquella mezcla de dulzura y pasión, de despecho y antigua tristeza. Ahora se da cuenta de que nunca sintió todo eso en un beso a partir de aquel.
Por fin está sola. Jorge se ha ofrecido a llevar a los niños al colegio. Va a leer el periódico antes de comenzar su tarea. Hojea las páginas de cultura. Allí está Sonia. Era un presentimiento. Hay una foto de ella en el Liceo de la ciudad, junto a un enorme piano de caoba negra. No ha cambiado nada, sus mismos ojos de mar encrespado, su mismo cabello lacio y largo, más negro que nunca. Esta noche da un concierto en la ciudad. Elisa lee nerviosa el artículo. Sonia está considerada entre los diez mejores pianistas. ¿Sabrá Jorge que Sonia está aquí?. Elisa deja el periódico y se dispone a vestirse. Ya sabe dónde se aloja Sonia.
En este hotel donde se dispone a entrar se respira un aire distinguido y antiguo. En sus sueños de adolescentes, Elisa y Sonia siempre lo mencionaban, irían allí cuando, en sus giras internacionales, dieran a parar en la ciudad que las vio nacer. Elisa, con un nudo en la garganta, se da cuenta de que la única que persiguió y consiguió su sueño fue Sonia.
Con voz temblorosa pregunta al gerente por su amiga. Sube las escaleras. Es el quinto piso, pero prefiere darse tiempo antes de verla. Todavía no sabe por qué está aquí, qué misteriosa fuerza la ha arrastrado hasta este hotel.
La misma Sonia le abre la puerta. Todo se ha parado de repente. No oyen ningún ruido, sólo están ellas dos, reconociéndose en sus corazones, estableciendo esa silenciosa conversación interior que tiempo ha las llevó a una compenetración inmensa.
Entran en la suite. Siguen sin hablar. Sólo se miran, al principio ávidamente, luego intensamente. Hay un piano en la habitación, y Sonia se sienta y comienza los primeros acordes de la *************. Es a partir de entonces cuando Sonia y Elisa comienzan a recuperar sus vidas.
Empieza a oscurecer, y en la habitación de un hotel dos personas han recuperado diez años, con música, con lágrimas, palabras y mucha dulzura. Sólo cesan las caricias, que les han sabido a miel y a sal, y en las que han descubierto un mundo nuevo de ternura y pasión en ellas mismas, cuando Sonia se da cuenta de que tiene que tocar el concierto. Y sólo entonces recuerda Elisa que tiene un marido y dos hijos.
Elisa no asiste al concierto. Jorge ha estado muy preocupado, y no está de humor, ni cree las improvisadas explicaciones de su esposa.
Algo ha cambiado en Elisa. Ha vuelto a sus sueños de juventud. Ya no siente ese vacío de antes; ahora lo ocupa Sonia. Se ha dado cuenta de ello demasiado tarde....¿o no es tarde?....Mientras friega los platos, aquella pieza de piano le viene a la mente, y piensa en su futuro....
(Hull, en algún momento de 1995).
Dedico este cuento q escribí hace ya tiempo a una escritora de esta página web. No te conozco, Arcoiris, pero he estado toda la tarde leyéndote y me gustó lo q leí. Sentí la necesidad de dedicarte este pequeño cuento sin pretensiones.
Por cierto, el cuadro lo pintó mi madre. Ella no sabía q había pintado a un amor fugaz.... ni creo q lo sepa nunca....
servido por laguiru
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5 Octubre 2005
PEREGRINOS
Frías baldosas grises me salen al encuentro. El viento mueve las hojas verdes que aún quedan en los árboles, y piso con fiereza la hojarasca dorada que se amontona a los pies de cada árbol. Ha empezado el otoño. En esta solitaria ciudad sureña, y en mí mismo. La noche cerrada me ofrece sus brazos de oscuridad, las farolas apenas lo cubren todo con una mortecina luz rodeada de humedad. Ni un alma en esta maldita ciudad.
Todavía recuerdo el bullicio de las fiestas de verano, cuando ni una sola cana se había atrevido todavía a teñir mis cabellos. ¡Qué alegría, qué juventud respirábamos todos en aquellas barbacoas en los jardines de nuestras casas!.
Ahora todo eso queda muy atrás. esta ciudad ya no es mi hogar, y yo, yo estoy tan cansado....
Los ojos de Hannah....Puedo verlos en la húmeda oscuridad de este cielo. ojos intensos, firmes, sinceros. Ojos que miran de frente con franqueza. Ojos negros llenos de misterio y de ternura, ojos que perdí hace tantos años, todavía los veo y todavía me duele verlos.
Eran tiempos difíciles para los negros que trabajaban nuestras plantaciones. La de mi padre era la más grande. Yo siempre había creído que él trataba bien a sus negros, a veces les regalaba cosas; ellos le respetaban mucho, nunca hubo problemas en nuestra casa....
¡Oh, Hannah, Hannah!, maldito el día en que mis ojos se clavaron en los tuyos, maldito el momento en que me dejé hechizar por ellos y por tu cuerpo ondulante, por esa suave piel color café. Tus cabellos acariciaron mi cara en aquella fuesta nocturna en las cabañas, llena de música y danzas mágicas, a la que me había acercado para escapar del insomnio. Cuando sacaste a bailar al "señorito", como tú me llamabas con esa voz de terciopelo, el señorito ya era tuyo, de tu entera propiedad.
El día que nuestro hijo nació yo ya estaba lejos de mi casa, a la fuerza, sin que me dejaran verte una vez más. Me enviaron al Norte, a estudiar, y al poco tiempo me comunicaron tu muerte y la del pequeño.
Creí morir aquel día. ¿Qué destino injusto y cruel había permitido esto?. Nunca más volví a ver a mis padres, estaba lleno de tanto odio que tenía miedo de mí mismo.
¡Ah, el dolor me persigue de nuevo!. Pero ya no hay odio, a mis ochenta años el dolor y los ojos de Hannah son lo único que me queda. ¿Habrá algún local abierto?; necesito un whisky y algo de jazz, necesito contener ese dolor de años, antes de buscar en el triste cementerio de negros el lugar donde descansan la única mujer que amé y aquel hijo que mis ojos nunca vieron. Quiero estar seguro de que descansan antes de descansar yo mismo. El viaje ha sido largo.La vida también ha sido larga, y yo....yo estoy tan cansado....
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¡Qué vida triste esta!. Ya no aguanto estos tacones, me están torturando los pies. Hace una noche fría, y yo ya no estoy hecha para llevar estos minivestidos que dejan la piel de mis brazos y piernas como de gallina. Esta noche sólo ha habido un cliente, un forastero mulato de los que no se olvidan, aunque sus ojos estaban llenos de mucha tristeza.... me dolía mirarlo a los ojos, pero he disfrutado por una vez en muchos años acariciando y manipulando ese cuerpo viril, hasta conseguir que esa tensión del principio diera paso al mayor de los placeres físicos. Sí, hemos disfrutado mucho, pero en el intervalo entre el orgasmo y la hora de pagar, lo único agradable de este mi oficio, cuando los cuerpos bañados en sudor laten al unísono y las mentes vuelan a esa nada tranquila del descanso, este hombre se ha echado a llorar desconsoladamente. Lloraba como un niño, como mi hijo lloró el día que su padre nos abandonó. Sus sollozos inundaron la habitación, y yo me he puesto nerviosa, sin saber qué hacer, como aquella noche con mi pequeño Tom, hasta que por fin he reaccionado acariciando sus hombros y enjugando sus abundantes lágrimas con mis manos. Mis palabras han debido reconfortarle algo también, porque sus sollozos han ido disminuyendo.Ha parecido despertar de un largo letargo, como si por primera vez se diese cuenta de dónde y con quién estaba. uando ya estaba calmado, y mientras me estaba pagando, ya con una sonrisa, me ha preguntado mi nombre. Cuando se lo he dicho, se ha puesto a llorar de nuevo....
¡Qué vida triste esta!. Mi hijo está creciendo sin apenas verme, esta profesión embrutece, y a veces siento como si estuviese vacía por dentro.... Ese hombre llorando en mi hombro como buscando consuelo en una madre. Es absurdo que una persona desgraciada pueda ser confortada por otra igual o incluso más desgraciada. Mi corazón está vacío, y yo.... yo estoy tan cansada....
Pero hay que seguir viviendo aunque sólo sea por esa criatura que me espera en casa. por allí viene un pobre viejo arrastrando sus pasos. ¡Qué noche de tristezas!. En fin, quizás pueda una desgraciada como yo alegrar sus últimos momentos....
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Todavía siento sus manos, ásperas por el duro trabajo de años, acariciar mi cara cuando por las noches, muerto de miedo, la llamaba a gritos.Todavía recuerdo aquellos ojos cansados que se iluminaban cuando me contaba cómo era mi padre. Su rostro se transformaba y se llenaba de una dulzura más intensa cuando recordaba los días en que ella y mi padre se amaron. Nunca me habló mal de él, y siempre me dijo que se había marchado la noche de la víspera de mi nacimiento en contra de su voluntad.
Yo creo que mi madre vivió siempre esperando que él regresaría. pero él no volvió. Estoy seguro de que sus últimos momentos fueron para él, el último movimiento de sus manos para acariciar aquel cuerpo blanco, y su último aliento para pronunciar su nombre.
¡Madre!. ¡Siento tanto no haber tenido tiempo para visitarte más a menudo!. ¿Sabes?, te echo mucho de menos, más ahora que tú ya no estás, que cuando me soltaba con desgana de tu abrazo para emprender el viaje al Norte a seguir trabajando, después de visitarte y colmarte de regalos. Hace un mes que has muerto, y yo no pude estar ahí, contigo, y darte el último abrazo.
Esta ciudad me parece ahora más fría que nunca, cuando tú estabas al menos tenía tu calor.
He tropezado con una pobre prostituta, ¡Dios me perdone!; necesitaba algo de consuelo, un sucedáneo del cariño que mi madre siempre me dio.He acabado llorando en sus brazos, ahogándome en una tristeza infinita. Divina y maldita coincidencia: ¡ella también se llamaba Hannah!. Me ha hecho mucho bien estar con ella, aunque sólo fuera por su dulce nombre....
Madre, te llevaré a la tumba una rosa blanca, tan blanca como aquel padre que nunca conocí. me hubiera gustado conocerlo. ¡Quién sabe, puede que ya estés a su lado!.
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¡Qué vida curiosa esta!. Estoy cruzando este triste cementerio de negros, en el camino a casa. Está amaneciendo, y sólo tengo fuerzas para ver a mi pequeño Tom, que ya se habrá levantado.
No ha habido mucho trabajo esta noche, pero qué curioso que mis dos únicos clientes hayan llorado hasta el agotamiento al oír mi nombre. Quién sabe lo que lesw habrá hecho recordar a ambos. El viejo y el mulato, a su manera, se parecían, también nos parecemos el millón de tristes almas que deambulamos por esta ciudad.
¡Qué curioso!. En esta tumba descansa alguien con mi mismo nombre....
HANNAH
1875-1950
R.I.P.
¡Qué dos bonitas rosas en su tumba!. Una blanca y otra roja....
servido por laguiru
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