El Castigo
Cuando tu eras pequeño, ¿alguna vez fuiste castigado? ¿te pegaron tus padres para disciplinarte?
¿Recuerdas qué sentías en esas ocasiones? ¿Crees que te sirvieron esos castigos o te hubiera gustado que te disciplinaran de otra forma?
Castigar significa causar sufrimiento a otra persona para que cambie su comportamiento
El castigo tiene grandes desventajas, es uno de los peores métodos que los padres podemos usar. El castigo físico lastima al niño y el castigo emocional, como humillarlo o amenazarlo, puede limitar su inteligencia y además disminuir seriamente su autoestima y seguridad. Los castigos severos producen frustración, enojo, deseos de venganza, miedo y resistencia a colaborar.
El castigo impide sólo temporalmente una conducta. En cuanto desaparece la vigilancia, el niño vuelve a hacer lo mismo
El niño castigado severamente no aprende a controlarse sino sólo a evitar el castigo. Si lo encerramos dos horas en el baño por pegarle a su hermanito, la próxima vez se asegurará de que nadie lo descubra. Pero seguirá pegando.
Existen varias formas de castigar
El castigo físico como pegar, zarandear o pellizcar, además de ser peligroso para el niño, es un gran abuso. Nada justifica maltratarlo. Imaginemos lo que significa para un niño pequeño que sus padres perdamos el control y actuemos en forma violenta. Para él los golpes significan que sus papás somos más grandes y nos aprovechamos de eso; que él vive en peligro pues no puede defenderse, y que sus padres creemos en la violencia y la fuerza para resolver los conflictos. El niño que ha sido golpeado aprende a ser violento.
La burla o el menosprecio a los hijos son prácticas tan destructivas como ineficaces. No nos damos cuenta del daño que causamos al niño con los insultos: Eres un niño malo, ¿Cómo puedes ser tan tonto?, Ahí viene el cochino de la casa. Las frases despectivas etiquetan al niño, empobrecen el concepto de sí mismo, y bajan su autoestima. La humillación no educa nunca.
Los chantajes emocionales no ayudan al niño a tener un buen concepto de sí mismo. El niño se asusta y se siente culpable cuando escucha frases como: Estoy triste porque no levantaste tus juguetes. Me voy a enfermar de tantos corajes que me haces pasar. Sin embargo, cuando crece, deja de tomarlas en serio pues sabe que son falsas.
Los premios tampoco ayudan al niño a convertirse en una persona responsable. Si te acabas la sopa te compraré una muñeca. Si levantas la mesa, te daré un dulce. Desde luego, las recompensas sí funcionan en el momento. El problema es que, al usarlas con frecuencia, el niño crece esperando que alguien lo premie por cada acción que realiza, y no aprende a ser responsable e independiente.
Cuando el niño actúa solamente por un beneficio externo, pierde la oportunidad de sentir satisfacción por el logro personal.
Las amenazas atemorizan al niño y son inútiles para enseñarle cómo conducirse. Si vuelves a hacer eso, te va a ir muy mal, La próxima vez que contestes así, te voy a lavar la boca con jabón. Las promesas tampoco sirven: Prométeme que nunca volverás a comer galletas antes de la cena. La razón por la que es inútil decirle al niño lo que le va a pasar es que al día siguiente ya no recuerda lo que prometió o lo que no debía hacer.
Retirarle el afecto es una de las formas más agresivas de castigar al niño
La posibilidad de que sus padres lo dejemos de querer o lo abandonemos es angustiosa y amenazante. Decir a nuestro hijo: No te quiero nada, vete de aquí. O: Ya no te soporto, te voy a regalar con el señor que recoge la basura, le causa terror y además es un engaño pues ni lo vamos a dejar de querer ni lo vamos a abandonar. Esta manera cruel de castigar no funciona para educar. El niño se asusta tanto que no puede pensar. El peligro de perder el cariño y el amparo de sus padres, lo hace sentir tan inseguro que en el futuro tratará de ocultar sus emociones y los deseos que a sus padres parecen inadecuados, y perderá su espontaneidad, su entusiasmo y su alegría.
Desde luego que es difícil mantener siempre la calma. Es inevitable que los padres nos enojemos de vez en cuando
Cuando esto nos suceda, conviene decirlo con claridad: Estoy enojado. Eso que hiciste me molestó. Darnos tiempo para tranquilizarnos en lugar de reaccionar con regaños o gritos, alejarnos del niño hasta que la molestia desaparezca y estemos en condiciones de hablar con él. Un padre enojado no es un buen maestro ni es capaz de escuchar las razones del niño para ayudarle a aprovechar la experiencia y aprender de ella.
Si alguna vez actuamos impulsiva o violentamente, podemos hacer algo para resolver la situación: podemos pedir perdón al niño
Si esto es ocasional, no resulta grave. Pero es inútil tratar de engañar al niño argumentando que lo golpeamos por su propio bien. Esto es falso y él lo sabe. Resulta más sincero decirle: Me disgusté contigo y por eso te pegué. Ahora me doy cuenta de que estaba enojado por otras cosas, lo siento mucho".
Sin embargo, las disculpas pierden su efecto educativo cuando los golpes o gritos se repiten con frecuencia
Pudiera ser que algunos padres hayamos aprendido a actuar de manera agresiva si siendo niños recibimos golpes o castigos severos. Es necesario reconocerlo y ser conscientes del daño y el dolor que eso nos causó para no repetirlo con nuestros hijos. Es posible llegar a controlar las tendencias violentas si lo decidimos y si solicitamos la ayuda necesaria, incluso el apoyo de algún especialista.
Si lo que buscamos es el desarrollo ético de nuestro hijo, debemos evitar ofenderlo, hacerlo sentir rechazado y mucho menos golpearlo
La meta es que el niño incorpore y haga suyos los límites, las normas y los valores, y no estar permanentemente sujeto a una autoridad que lo vigile, lo controle y lo sancione. Tenemos a nuestra disposición métodos positivos de disciplinar al niño y de enseñarle a ser responsable.
