PEREGRINOS
Frías baldosas grises me salen al encuentro. El viento mueve las hojas verdes que aún quedan en los árboles, y piso con fiereza la hojarasca dorada que se amontona a los pies de cada árbol. Ha empezado el otoño. En esta solitaria ciudad sureña, y en mí mismo. La noche cerrada me ofrece sus brazos de oscuridad, las farolas apenas lo cubren todo con una mortecina luz rodeada de humedad. Ni un alma en esta maldita ciudad.
Todavía recuerdo el bullicio de las fiestas de verano, cuando ni una sola cana se había atrevido todavía a teñir mis cabellos. ¡Qué alegría, qué juventud respirábamos todos en aquellas barbacoas en los jardines de nuestras casas!.
Ahora todo eso queda muy atrás. esta ciudad ya no es mi hogar, y yo, yo estoy tan cansado....
Los ojos de Hannah....Puedo verlos en la húmeda oscuridad de este cielo. ojos intensos, firmes, sinceros. Ojos que miran de frente con franqueza. Ojos negros llenos de misterio y de ternura, ojos que perdí hace tantos años, todavía los veo y todavía me duele verlos.
Eran tiempos difíciles para los negros que trabajaban nuestras plantaciones. La de mi padre era la más grande. Yo siempre había creído que él trataba bien a sus negros, a veces les regalaba cosas; ellos le respetaban mucho, nunca hubo problemas en nuestra casa....
¡Oh, Hannah, Hannah!, maldito el día en que mis ojos se clavaron en los tuyos, maldito el momento en que me dejé hechizar por ellos y por tu cuerpo ondulante, por esa suave piel color café. Tus cabellos acariciaron mi cara en aquella fuesta nocturna en las cabañas, llena de música y danzas mágicas, a la que me había acercado para escapar del insomnio. Cuando sacaste a bailar al "señorito", como tú me llamabas con esa voz de terciopelo, el señorito ya era tuyo, de tu entera propiedad.
El día que nuestro hijo nació yo ya estaba lejos de mi casa, a la fuerza, sin que me dejaran verte una vez más. Me enviaron al Norte, a estudiar, y al poco tiempo me comunicaron tu muerte y la del pequeño.
Creí morir aquel día. ¿Qué destino injusto y cruel había permitido esto?. Nunca más volví a ver a mis padres, estaba lleno de tanto odio que tenía miedo de mí mismo.
¡Ah, el dolor me persigue de nuevo!. Pero ya no hay odio, a mis ochenta años el dolor y los ojos de Hannah son lo único que me queda. ¿Habrá algún local abierto?; necesito un whisky y algo de jazz, necesito contener ese dolor de años, antes de buscar en el triste cementerio de negros el lugar donde descansan la única mujer que amé y aquel hijo que mis ojos nunca vieron. Quiero estar seguro de que descansan antes de descansar yo mismo. El viaje ha sido largo.La vida también ha sido larga, y yo....yo estoy tan cansado....
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¡Qué vida triste esta!. Ya no aguanto estos tacones, me están torturando los pies. Hace una noche fría, y yo ya no estoy hecha para llevar estos minivestidos que dejan la piel de mis brazos y piernas como de gallina. Esta noche sólo ha habido un cliente, un forastero mulato de los que no se olvidan, aunque sus ojos estaban llenos de mucha tristeza.... me dolía mirarlo a los ojos, pero he disfrutado por una vez en muchos años acariciando y manipulando ese cuerpo viril, hasta conseguir que esa tensión del principio diera paso al mayor de los placeres físicos. Sí, hemos disfrutado mucho, pero en el intervalo entre el orgasmo y la hora de pagar, lo único agradable de este mi oficio, cuando los cuerpos bañados en sudor laten al unísono y las mentes vuelan a esa nada tranquila del descanso, este hombre se ha echado a llorar desconsoladamente. Lloraba como un niño, como mi hijo lloró el día que su padre nos abandonó. Sus sollozos inundaron la habitación, y yo me he puesto nerviosa, sin saber qué hacer, como aquella noche con mi pequeño Tom, hasta que por fin he reaccionado acariciando sus hombros y enjugando sus abundantes lágrimas con mis manos. Mis palabras han debido reconfortarle algo también, porque sus sollozos han ido disminuyendo.Ha parecido despertar de un largo letargo, como si por primera vez se diese cuenta de dónde y con quién estaba. uando ya estaba calmado, y mientras me estaba pagando, ya con una sonrisa, me ha preguntado mi nombre. Cuando se lo he dicho, se ha puesto a llorar de nuevo....
¡Qué vida triste esta!. Mi hijo está creciendo sin apenas verme, esta profesión embrutece, y a veces siento como si estuviese vacía por dentro.... Ese hombre llorando en mi hombro como buscando consuelo en una madre. Es absurdo que una persona desgraciada pueda ser confortada por otra igual o incluso más desgraciada. Mi corazón está vacío, y yo.... yo estoy tan cansada....
Pero hay que seguir viviendo aunque sólo sea por esa criatura que me espera en casa. por allí viene un pobre viejo arrastrando sus pasos. ¡Qué noche de tristezas!. En fin, quizás pueda una desgraciada como yo alegrar sus últimos momentos....
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Todavía siento sus manos, ásperas por el duro trabajo de años, acariciar mi cara cuando por las noches, muerto de miedo, la llamaba a gritos.Todavía recuerdo aquellos ojos cansados que se iluminaban cuando me contaba cómo era mi padre. Su rostro se transformaba y se llenaba de una dulzura más intensa cuando recordaba los días en que ella y mi padre se amaron. Nunca me habló mal de él, y siempre me dijo que se había marchado la noche de la víspera de mi nacimiento en contra de su voluntad.
Yo creo que mi madre vivió siempre esperando que él regresaría. pero él no volvió. Estoy seguro de que sus últimos momentos fueron para él, el último movimiento de sus manos para acariciar aquel cuerpo blanco, y su último aliento para pronunciar su nombre.
¡Madre!. ¡Siento tanto no haber tenido tiempo para visitarte más a menudo!. ¿Sabes?, te echo mucho de menos, más ahora que tú ya no estás, que cuando me soltaba con desgana de tu abrazo para emprender el viaje al Norte a seguir trabajando, después de visitarte y colmarte de regalos. Hace un mes que has muerto, y yo no pude estar ahí, contigo, y darte el último abrazo.
Esta ciudad me parece ahora más fría que nunca, cuando tú estabas al menos tenía tu calor.
He tropezado con una pobre prostituta, ¡Dios me perdone!; necesitaba algo de consuelo, un sucedáneo del cariño que mi madre siempre me dio.He acabado llorando en sus brazos, ahogándome en una tristeza infinita. Divina y maldita coincidencia: ¡ella también se llamaba Hannah!. Me ha hecho mucho bien estar con ella, aunque sólo fuera por su dulce nombre....
Madre, te llevaré a la tumba una rosa blanca, tan blanca como aquel padre que nunca conocí. me hubiera gustado conocerlo. ¡Quién sabe, puede que ya estés a su lado!.
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¡Qué vida curiosa esta!. Estoy cruzando este triste cementerio de negros, en el camino a casa. Está amaneciendo, y sólo tengo fuerzas para ver a mi pequeño Tom, que ya se habrá levantado.
No ha habido mucho trabajo esta noche, pero qué curioso que mis dos únicos clientes hayan llorado hasta el agotamiento al oír mi nombre. Quién sabe lo que lesw habrá hecho recordar a ambos. El viejo y el mulato, a su manera, se parecían, también nos parecemos el millón de tristes almas que deambulamos por esta ciudad.
¡Qué curioso!. En esta tumba descansa alguien con mi mismo nombre....
HANNAH
1875-1950
R.I.P.
¡Qué dos bonitas rosas en su tumba!. Una blanca y otra roja....

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