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La Coctelera

Mis circunstancias y yo (ellas primero)

Escribo para exorcizar pensamientos oscuros

17 Junio 2008

La educación de los niños

Por GUSTAVO MARTÍN GARZO

En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a la vida
Vigilar no se opone a consentir, sólo es corregir un poco nuestra locura
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino que se deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de memorias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".

Gustavo Martín Garzo es escritor.

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mary

mary dijo

Soy mexicana madre de 3 pequeños, quiero comentar que este articulo es uno de los que mas me han llenado de satisfaccion pues aqui viene la unica y gran receta para ser buenos padres EL AMOR. Gracias y que Dios los bendiga

17 Junio 2008 | 11:10 PM

sinergiaa

sinergiaa dijo

Desde luego el amor es muy bueno para todos pero tambien hay que tener un poquitin de disciplina sobretodo para que no se suban por los cerros de ubeda.Los niños son muy listos y en seguida saben hasta donde pueden llegar y qué hacer para llamar la atención de sus padres, y tambien como sacarles de quicio(hay que decirlo todo ¿no?)
Desde luego que hay que motivarles para que se sientan mejor o simplemente para que hagan las cosas sin tener que pelearse constantemente .Yo me he pasado la infancia de mis hijos dandole explicaciones de todo aunque fueran bebes,en ese sentido he tenido buenos resultados puesto que ahora de mayores lo van razonando todoclaro que mientras se las das miran hacia otro lado y piensas que no te escuchan pero parece que al fin hace mella en ellos.

5 Julio 2008 | 10:53 AM

laguiru

laguiru dijo

Sinergia, muchas gracias por tu comentario (a Mary también) :-), lo único que me gustaría rebatírtelo, o al menos discrepar de alguna cosa.
Es sólo la forma de hablar, de expresarte acerca de los niños... Es muy frecuente en nuestro tiempo, pero no me gusta cómo se habla de ellos.
Para empezar, sólo con los niños se utiliza la palabra "listo" de forma peyorativa. Si un adulto es listo, eso le servirá para beneficiarse en su vida (generalmente, aunque también se usa con la otra connotación), se admira a la gente lista. Pero cuando un niño es listo, lo es sólo para tomarnos el pelo a los mayores... No lo veo justo, la verdad.
Luego, lo de llamar nuestra atención: pues muy lógico lo veo, porque hoy en día los padres apenas prestamos atención a nuestros hijos, la vida, el trabajo, nos obliga de alguna forma a no estar más por ellos, y llamar nuestra atención es una forma más de comunicarse, no sólo lo hacen hablando cuando logran adquirir el lenguaje, sino que también nos hablan con su comportamiento, con sus miradas, con algo tan simple como dejar de dormir, de comer...
Por último,comentar que ladisciplina también puede ser positiva, supongo que te refieres a eso, pero yo quería matizarlo, no entiendo por qué, siempre que hay un texto como este, que simple y llanamente resume que lo único que un niño necesita además de comer es CARIÑO, AMOR (nada más sensato, y nada más sencillo a la vez), simepre se rebate con una frase como "pero también necesitan disciplina". ¡Pero es que el AMOR no está reñido con la disciplina! A veces se diría que para alguna gente esto se contradice, cuando nada más lejos de la realidad, y además en este texto tampoco se dice.
No sé si me he expresado bien, de todos modos gracias una vez máspor intervenir en este blog.
¡Saludos!

5 Julio 2008 | 02:38 PM

José Luís Samper Martínez

José Luís Samper Martínez dijo

En este artículo hay mucha de la sabiduría que requiere la educación. Lo he visto a lo largo de mis 36 años dedicado a ella.

27 Julio 2008 | 04:58 PM

luism

luism dijo

Los africanos dicen: "La educación del niño es cosa de la tribu". Una televisión puede destruir en cinco minutos meses de enseñanza de un maestro. Y aquí la tribu, en su sentido más noble, brilla por su ausencia. Como decía el Roto: "El mundo da asco, todo el mundo va alo suyo, menos yo, que voy a lo mío".
Saludos.

21 Febrero 2009 | 09:26 PM

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