Se llamaba Ada. Ada González Pereira, pero ella prefería colocar la muda hache delante de su nombre, y siempre decía “me llamo Hada con hache”...
Yo la conocí cuando ya se había ido, aquella lluviosa tarde en que su tía Celia me contó la historia de su corta vida. Así que, quizás nunca charlara con ella, pero tengo la sensación de estar viéndola atiborrarse de galletas de chocolate en la despensa de su tía, o de pasearse las cuestas de la mano de su primita Sofía, que se parece tanto a ella como se parecen dos gotas de agua, y a todos les parece estar viendo a Ada en los ojos negros de Sofía.
Ada se fue una tarde de verano, sin avisar, sin despedirse... Un accidente de coche se la llevó, y una conjugación de fuerzas del destino ayudaron a su marcha, de esa forma tan prosaica, tan poco apropiada para un hada como ella.
De aquellos negros días tras su muerte, su tía Celia sólo recuerda algunos detalles, clavados en sus retinas y en su mente como chinchetas pertinaces.
Por ejemplo, su imagen vestida de blanco, y ella desgarrada pidiendo a gritos que le cambiaran ese vestido, que a la muchacha no le iba a gustar verse así, que prefería colores alegres, vivos...
Pero hay lagunas de horas y horas que se le escapan, como si nunca las hubiera vivido, como si su mente las hubiese borrado con rabia, que es como se borran los golpes dados en el mismísimo centro del corazón. Celia piensa en sí misma como en un ordenador bloqueado, así prefiere verse, y no quisiera que la formatearan, no sea cosa que esas horas perdidas vuelvan con la violencia de un ciclón a poner su paz, esa paz que le está costando tanto retomar, patas arriba.
La madre de Ada es curiosamente la más entera de la familia. Un trozo de ella se ha ido para siempre, y aún así reúne fuerzas de nadie sabe dónde, y las va racionando, poquito a poquito, para irlas repartiendo a sus otros hijos y al resto de la familia. Ella necesita, periódicamente, hablarle a su hija. Necesita imaginar que Ada está en ese lugar rodeado de cipreses y lleno de paz y silencio, escuchándola mientras le cuenta que su primo David ya no quiere hacer la Primera Comunión desde que ella no está, que no quiere nada con un dios que permite una ausencia tan inmensa. Le gusta verla en su mente sonriendo cuando le relata lo que Sofía le contó el otro día a su madre: que Ada está viviendo ahora en el chalet de sus sueños, un chalet con una hermosa piscina y bonitas tumbonas rojas, donde se tumba a tomar un sol eterno con la gata Bowie ronroneando en sus rodillas. También le cuenta cómo trabajaron su tía y ella en la Feria del Pintxo, preparando deliciosos pintxos de bacalao, aunque al final no ganaron el concurso, el premio se lo llevó un gazpacho tricolor que no estaba nada mal, pero tampoco era para tanto.
Celia en cambio no puede ir al cementerio. Ella necesita acostumbrarse a esa ausencia de otra forma, no quiere lamerse las heridas ante una fría lápida. Prefiere hablarle todos los días, a la foto que tiene en su dormitorio, que su marido no quería ver al principio, le daban punzadas de dolor cuando sus ojos se posaban en ella, pero ha acabado acostumbrándose. Aunque también le habla a lo largo del día, no necesita tener su imagen en fotografía, basta cualquier cosa que le haga recordarla. Le cuenta por ejemplo que hoy Sofía está malita en la cama y no ha ido al cole, y lo hace porque ve en sus ojos brillantes de fiebre los de Ada e imagina que si ella estuviera viva no se habría despegado ni un segundo de la camita de su prima. O que al trabajo han llegado dos muchachas nuevas, con las que le parece que ha hecho buenas migas, y se ha acordado de ella porque una de esas chicas le contó que cree en las hadas, ya ves qué simple, qué tontería, pero el día está lleno de cosas aparentemente banales que le hacen tenerla siempre presente. Hada omnipresente. Hada omnipresente y fugaz.
A la gata Bowie todo el mundo la recuerda con cariño. Y no es para menos; yo particularmente la venero, aunque tampoco la conocí nunca. Pero me contaron su historia, y nunca he conocido una lealtad mayor que la que ella mostró con Ada durante el tiempo que pasaron juntas y, sobre todo, cuando ésta se fue.
A Bowie la llamaron así por sus ojos: uno azul eléctrico, otro verde mar. Una hermosa gata blanca con nombre musical. Dicen que los gatos blancos de ojos azules tienen un gen llamado gen W que les hace ser sordos; cuando sólo hay un ojo azul, generalmente están sordos del oído del lado del ojo de ese color. No sé si Bowie era sorda de un oído, pero de lo que sí estoy segura es de que a la llamada de Ada ella siempre acudía.
Una vez Bowie se quedó preñada, de resultas de una de sus escapadas por el campo, poco frecuentes. Cuando llegó el momento del parto no hizo lo que hacen todas las gatas normalmente en esas circunstancias, que es huír de todo contacto humano y buscarse un sitio cómodo y caliente donde parir. Bowie buscó el regazo de Ada, y allí dio a luz a cuatro preciosas criaturas, ante la mirada entre orgullosa y despavorida de su amiga, que gritaba “¡mamáaaaa, que no quierooooo, quítamelaaaaa!”; pero Bowie no consintió siquiera la posibilidad de poder parir lejos de la muchacha. Todos los gatitos tenían ojos azules o verdes excepto uno, una hembrita juguetona y buena a quien pusieron Hada en honor a la que hizo de “paritorio”, pues tenía unos hermosos y enormes ojos negros muy parecidos a los suyos.
La noche en la que todos supieron que Ada no volvería, Bowie dejó de comer. Se dirigió a la puerta de la habitación de la chica, y allí estuvo 4 días. Al estar la puerta cerrada, la gata sólo se limitaba a maullar lastimeramente mientras rascaba para que la abrieran. Pero la madre de Ada no tenía fuerzas para ocuparse de los quejidos de una gata, demasiado dolor ocupaba la casa... Por fin el cuarto día la madre abrió la puerta de la habitación. Bowie entró rápidamente y se tumbó en la cama, después de olisquear en torno suyo. Allí la encontró la madre de Ada un poco después, muerta. Había elegido irse con su amiga, fiel a ella, fiel a Ada, Hada omnipresente y fugaz como una estrella.

Dedicado a Carla. 26/09/2008

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