MIS NOMBRES
Tengo muchos nombres. No sabía que tuviera tantos, pero sí que hay muchos yos dentro de mí, así que tiene su lógica que haya esa cantidad de formas de llamarme...
Casi todo el mundo me llama Laura. Ese es mi nombre más usado. Me gusta. Suena musical, y sabe dulce (y yo soy muy golosa). Es corto, pero llena la boca.
También su significado es bonito: "laurel". El laurel es una planta aromática. Su olor es intenso y con un punto amargo. Se usa como condimento, y a mí me gusta echarlo en las lentejas. Pero también está su lado negro: demasiado laurel puede amargar un caldo... Yo soy así. Muy intensa, pero a veces... demasiado.
Con laurel se coronaba a los triunfadores en la antigua Roma, así que el triunfo es otro de los significados de mi nombre más usado. Aún ando esperando ese triunfo.
Aunque quizás esa espera de hace 4 años fuera el preludio de mi mayor triunfo: dar vida.
Otra de las razones por las que me gusta mi nombre es por la historia que tiene detrás.
Mi madre no tenía claro qué nombre ponerme en el bautizo. Y el sacerdote que me bautizó, amigo de la familia, la sugirió el nombre de Laura. Ese mismo día él bautizaba también a una sobrina, que se llamaría Beatriz. Laura y Beatriz son los amores platónicos. Petrarca amó a Laura y Dante a Beatriz. Así que me gusta decir que mi nombre es muy literario.
Tengo otro nombre, pero es el que odio (y el que viene en mi DNI). nadie me llama así excepto mi madre cuando está enfadada conmigo. Me llamo Laura María como un homenaje a mi abuela materna, María. Pero siempre que oigo ese nombre recuerdo a mi madre gritando: "¡Laura Mª, ven a hacer la cama ahora mismo!" o "¡Laura Mª, quita la lozaaaa!". Y eso me pone de mal humor.
Otro nombre dulce que tengo (me gusta pensar que sigo poseyendo todos mis nombres, aún cuando ya hace tiempo que nadie me llame así) es Baba. Pronúnciese la /b/ apretando labio inferior contra los dientes superiores. Ese nombre evoca en mí a un mañaco de ojazos negros y rizos de color castaño comiendo peras jugosas, empapado en el dulce líquido de la fruta, y llamando a su hermana mayor en su media lengua. Me enternece recordarlo, porque ya hace tiempo que ese bebé pasó a ser el difícil joven del que ahora me siento tan lejos...
Bababaía es una variante de mi nombre odiado. Era lo que yo respondía cuando los mayores me preguntaban cómo me llamaba, teniendo un año. Y vuelvo a evocar. Esta vez recuerdo uno de esos magnetofones antiguos donde mi padre grababa mi voz recitando la Escala de Moss: talco, yeso, calcita, fluorita, apatito, ortosa... Lo que se aprende en esos primeros años nunca se olvida.
Picoleta me lleva a la adolescencia, ese difícil período. Recuerdo la raspa que yo era, con ese abundante pelo, esas gafas de culo de vaso y aquel diente hacia afuera de mi boca, amenazando perpetuamente con taladrar lo que no me gustase... Fue un calvario hasta que las lentillas y el aparato corrector entraron en mi vida, pero recuerdo el mote con cariño. Hasta tenía su apellido, que le daba legitimidad aunque no sea el mío: Picoleta Hernández. Lo revestía de autenticidad.
El hombre que más amé gustaba de llamarme Chiquitina, y aquello me devolvía a la niñez que nunca se quiere abandonar del todo. Es un nombre tierno. También me llamaba Morenita.
Al padre de mi futuro hijo no le deben de gustar otros nombres que los que nos pusieron en el Registro al nacer, y eso que a nuestro hijo Hugo quiere llamarlo Ndugu, un nombre que aparece en la película "A propósito de Schmidt". A veces me llama Pochola, con una torpeza enternecedora...
Mi sobrina de dos años está en plena fase de empezar a hablar en su media lengua. A mí me llama Blabla, y me encanta oírla llamarme: "Blablaaaa, Hugo mi pigaooooo", con una entonación encantadora.
En el trabajo tengo una compañera a la que gusta llamarme como una de las localidades malagueñas en las que tenemos centros médico concertados que derivamos a la gente: Alhaurín de la Torre. Ella me llama Laurín de la Torre, y yo le respondo riendo que, ya que estamos, me llame mejor Laurín la Grande, en referencia al otro pueblo malagueño llamado Alhaurín el Grande.
Estos son mis nombres. Estos son todos mis yos.



Carmen Araya Martinez dijo
Curioso, nunca me di cuenta de la cantidad de variaciones de nombre que podemos tener, bonita filosofia. Besos
14 Octubre 2008 | 09:47 AM