ESCONDE SIN ORGULLO TU ORGULLOSO AMOR

Poner toda la esperanza en una mirada, evitar la incomprensión con un abrazo de hombres; de padre a hijo, de hermano a hermano, un primo, un buen amigo, palmadas en la espalda incluidas, no se vayan a creer lo que es y lo que simulan que no es.
En la despedida, todo queda en casa, la pasión del último encuentro antes de partir, el contacto íntimo en todos los rincones, que no quede ni un solo resquicio de tu cuerpo fuera de mi memoria mientras esté lejos. En el aeropuerto más miradas, cuídate, tú también, pensaré en ti en voz muy baja, apenas perceptible para los demás viajeros. Y más miradas que dicen te quiero infinito, qué haré sin ti tanto tiempo, miradas intensas y enormes porque en ellas cabe todo el universo, la inmensidad de un amor orgulloso y escondido, la pasión que se ha quedado en la cama de casa. Y abrazos, no me quiero ir, pero tengo que hacerlo, lo comprendo, te esperaré. Un abrazo último, que rompe, que intenta abarcarlo todo, tocar todo lo posible del ser amado, incluida su alma, no he podido evitar agarrar tu mano entrelezando tus dedos con los míos, espero que nadie nos haya visto...
Una última mirada atrás en la puerta de embarque, y la imagen queda en la retina grabada a fuego.
Estando lejos está la tecnología, el teléfono, internet, Facebook, el MSN. No poder tocarle se me hace un mundo, pero tengo su voz cada día, tengo sus palabras cada vez que enciendo el ordenador, y tengo su recuerdo cada noche.
Y llega el momento en que nos vemos de nuevo. Espero ese día desde hace tiempo, con impaciencia, con ardor, con nerviosismo, con alegría y un poco de inseguridad. En casa me pongo mi mejor camisa, esa que sé que le gusta tanto.
Levantarte ese día con mariposas en el estómago, más pulsaciones que normalmente, ansiedad, expectación y mil cosas más. Coger metro, tren, metro de nuevo, en un viaje eterno, más largo aún que el que te hizo cruzar el charco. En la sala de espera qué fastidio que el avión se retrasa. No puedes esperar más.
Allí sale, con su bolsa de mano, expresión de asombro y ojos de búsqueda. Tan elegante como siempre. Cuando nuestras miradas coinciden algo hace click, algo se encaja de forma natural y todo en el mundo vuelve a su sitio.
El abrazo esperado, deseado, soñado. Un abrazo húmedo de alegría, se escapan incluso carcajadas entre las lágrimas, no hay otra forma de expresar esa felicidad que nace al volver a ver al ser amado.
Maletas, buscar taxi, cuéntame qué tal el viaje, todo esto bebiéndose con los ojos, que lo dicen todo, todo lo que no han podido decir en estos meses de ausencia y más, te veo bien, el deseo surge, pero como no vayamos al aseo o a Chueca a besarnos, difícil lo veo...
En el taxi todo son palabras, como si la conversación pudiese enmascarar esas expresiones de amor que tanto anhelan, o simplemente retenerlas hasta llegar a casa. Qué tal allí, y tu trabajo, la familia, como está la casa; me la estás cuidando bien, ya sabes que sí... Cosas que ya saben pero que conforta volver a decirlas, formar parte del juego que marca la sociedad de la doble moral, mira que si el taxista es un homófobo de esos como en nuestro país, piensa uno, en casa le diré que en este país las cosas son ligeramente más diferentes que allá, que hay que tener cuidado pero menos, barrunta el otro...
Subir las escaleras del portal con urgencia, esperar el ascensor impacientes, espero que no pase un vecino inoportuno... Y cuando las puertas mecánicas se cierran las maletas caen y las dos bocas se buscan como imanes, se hurgan, se redescubren, se prueban y... sabe a gloria. El amor verdadero sabe dulce. Como un pie de merengue y limón.
Esta casa extraña es nuestro paraíso particular, pues es donde podemos despojarnos de los ropajes que nos obligan a llevar, ropajes negros de secretos, de miedos, de incomprensiones. Y ya desnudos somos nosotros mismos, y nos reconocemos y nos entendemos (como dicen aquí), y nos exploramos con fruición, y la pasión por fin se permite entrar en nosotros, y el delirio deja paso tras muchas horas eternas y tan cortas a una PAZ que hay que escribir con mayúscula porque ella misma es mayúscula, porque la sed está saciada por el momento, el hambre ya no agarra el estómago con garras de acero y el corazón late al ritmo del otro corazón, dos corazones gemelos y dos manos agarradas, una estampa de amor después del amor, ni más ni menos.
Y luego ya habrá tiempo de patearse la ciudad, de probar restaurantes, de seguir mirándonos pero de forma pausada, serena, como siempre. Y de seguir hablando... Seguir escuchando esa voz dulce y varonil, lo único que me ha acompañado todo este tiempo.
Pero esconde, esconde sin ningún orgullo ese amor inmenso y orgulloso. Puede que algún día puedas gritarlo al viento. Ese día ha de estar cerca.
Este relato viene de una intuición (no tiene otro nombre). Y lo dedico (con todo mi cariño) a alguien que no sabe que se lo dedico, y sólo yo sé quién es esa persona.
Las Rozas, 28 de enero de 2009



almayuda dijo
Hugo
28 Enero 2009 | 05:00 PM