Publicidad:
Terra
La Coctelera

Mis circunstancias y yo (ellas primero)

Escribo para exorcizar pensamientos oscuros

10 Marzo 2011

ABRÁZAME

"Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia. Quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera la vida... para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido. "

(El club de los poetas muertos)

Era uno de esos niños con "mucha vida interior", que se suele decir. En el cole, pasaba mucho tiempo solo, por decisión propia. A veces jugaba con otros niños, se llevaba bien con todos. Pero la mayoría de las veces él prefería sentarse en un rincón del patio durante el recreo, y mientras tomaba su bocadillo, a pensar. La media hora que duraba el recreo nunca le parecía suficiente para pensar en todo lo que tenía que pensar. A sus siete años y medio lo tomaba como un trabajo, un trabajo que adoraba: preguntarse por qué las estrellas se ven tan chiquititas desde abajo, y siempre hay que mirarlas de lado para que crezcan un poquito, y por qué los números son infinitos; pensar en la belleza de las nubes que forman figuras, maravillarse de que las gotas de lluvia no se puedan atrapar; pensar en alguna argucia para hacer hablar a los árboles... Ese tema en concreto era el que más ocupado lo tenía últimamente.

A ver, se decía a sí mismo, si, como nos dicen en Cono, los árboles son seres vivos, tendrán que respirar, ¿no?; y si respiran, también hablarán, digo yo... Pero yo siempre que voy al bosque intento escuchar, y sólo oigo al viento...

Preguntó a papá, pero éste no supo contestarle satisfactoriamente, sino que le explicó que los árboles hablaban de otra forma que nosotros, y luego empezó a contarle no sé qué de fotosíntesis y clorofila que no le interesaba en absoluto y sólo le dio ganas de comerse un chicle de menta, para lo cual le pidió dinero, que papá le dio con una sonrisa.

Preguntó a mamá, y ella simplemente le contestó que no sabía por qué, y se reía, admirada y encantada de los temas que le interesaban a su hijo. Me parecen encantadoras y ocurrentes, dijo, las preguntas que te haces a veces, cariño.

Preguntó a su hermano mayor, pero sólo la cara de desinterés que puso éste le bastó para rectificar, no, no es nada, da igual...

Aquella tarde, en la biblioteca del cole, se le ocurrió buscar libros que hablaran de los árboles. Y preguntó a Sebastián, el bibliotecario, por dónde podía comenzar.

Sebastián sabía mucho sobre libros, y en realidad sobre todas las cosas sobre las que él le preguntaba. Le encantaba escuchar sus historias, tenía muchas, pues era una persona muy mayor, más mayor que su abuelo el de Estepona, más mayor que Gandalf, había vivido mucho, y muchas de las respuestas a sus preguntas las tenía metidas en el bolsillo, como le decía siempre, con una sonrisa en los labios, cuando lo veía acercarse a él con la duda y la incertidumbre pintadas en la cara.

Esta vez no fue diferente. Su sonrisa se ensanchó mientras le indicaba dónde podía encontrar información interesante sobre los árboles.

Pero no encontrarás la información que buscas en los libros, aunque éstos se hagan con árboles, le comentó. Yo te diré qué tienes que hacer para escuchar a cualquier árbol, siempre tienen muchas cosas que contarnos.
Cuando vayas a la dehesa, tienes que buscar el árbol más grande del grupo que hay tras el claro. Tiene un tronco muy grueso, y hay un agujero en él. Y qué hay en ese agujero
, preguntó el niño. Es un secreto, fue la respuesta enigmática de Sebastián.

El niño, emocionado, no podía esperar, y fue corriendo a casa para ver si el día pasaba más rápidamente.
Su mamá lo miro extrañada, y le dijo, te veo muy contento, ¿qué te ha pasado hoy? Su sonrisa lo delataba. Nada, mami, es que he ganado la partida de canicas.

Se tomó la cena en un santiamén, y se fue a su cuarto a acabar los deberes y a escribir en su diario que mañana sería un gran día.

La mañana siguiente en la clase le pareció más larga que un día sin pan. Al salir del colegio tomó su bici y pedaleó tan rápido que estuvo a punto de chocar contra un árbol. Será una señal, pensó.

Cuando llegó a la dehesa tiró la bicicleta al suelo y se puso a buscar el árbol. Después de un cuarto de hora se encontró con un árbol extraño. Destacaba porque tenía un tronco muy ancho, tan ancho que no era posible abrazarlo entre tres personas. En el centro, a un par de metros del suelo, había un agujero oscuro. Era aquel hueco del que le habló el bibliotecario. Para alcanzarlo necesitaría ayuda. De pronto se le iluminó la mente pensando en su bicicleta. Dio media vuelta y fue por ella. La colocó apoyada al tronco, se subió, no sin dificultad, al sillín, y de un salto se agarró a la primera rama como a un clavo ardiendo. Metió la mano en el hueco: había un libro con tapa de cuero que parecía muy antiguo. Lo cogió y saltó al suelo. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo veía, y camufló el cuaderno debajo de su camisa como si se tratase de un tesoro.

Cuando volvió a casa vio que no era un libro sino un cuaderno. En la primera página ponía CUADERNO DE DESEOS, y más abajo decía "Un deseo por una semilla. Escríbelo y devuélvemelo, y te daré una semilla".
El niño se emocionó mucho, porque en aquel momento su único deseo era poder comunicarse con los árboles. Así que escribió con su cuidadosa letra redonda de niño "Deseo poder escuchar a los árboles".

Luego, cogió de nuevo su bici y pedaleó rápidamente hacia la dehesa. Fue derecho al árbol de donde había cogido el cuaderno, y volvió a meter éste en el hueco. Allí vio la semilla, que, contento, plantó en la mitad del claro. Mientras lo hacía pensaba que el mismo hecho de plantar la semilla ya significaba que se estaba comunicando con un árbol, así que de alguna forma estaba cumpliendo su deseo.

Pero cuando lo contó a Sebastián, éste le dijo que aún tendría que volver al hueco del árbol, porque era precisamente en ese punto en el que iba a poder experimentar algo maravilloso.

Al día siguiente, pues, pedaleó con ganas de nuevo hacia la dehesa.

Cuando cogió el cuaderno del hueco, su corazón iba a mil por hora. No podía imaginarse qué podía ser más maravilloso que lo que ya estaba viviendo. Pero en cuanto leyó la nueva palabra escrita en el cuaderno, se apresuró a hacer lo que ésta le indicaba. En el cuaderno estaba escrito: ABRÁZAME.

Cuando el niño abrazó al árbol, notó su respiración y su latido, tan fuerte como cuando abrazaba a su mamá. Sus ojos se anegaron en lágrimas, de pura emoción. Y no pudo dar crédito a sus oídos cuando oyó cómo el árbol le susurraba: "Cada vez que quieras hablar conmigo, abrázame. Cada vez que quieras hablar con cualquier árbol, abrázanos, y escucha lo que queremos decirte. Queremos decirte que somos un bien precioso, y que necesitamos mucho cariño ahora que escaseamos. Necesitamos que tú y más gente como tú nos deis ese cariño, y nos escuchéis, pues esa será la forma de que entre todos podamos escuchar a su vez a la Madre Tierra, que últimamente grita de dolor ante lo que ve y lo que sufre. Por favor, lleva este mensaje a los demás niños. Entre todos tenemos que curarla."

Tags: arbol, bosque, nino, cole

servido por laguiru 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

metanoia

metanoia dijo

Sí, también a mi me parece que el primer conocimiento que necesitamos sobre la naturaleza es ese, el del amor. Amar la belleza, la singularidad y la diversidad de esa naturaleza mueve a su respeto. Y para amarla hay que tratarla, tocarla, cuidarla...

Bella historia.

Un saludo

13 Marzo 2011 | 10:40 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de laguiru

Mis circunstancias y yo (ellas primero)

ver perfil »
contacto »
"He llegado a la casa y he tenido la impresión de que tardo un siglo en llegar, de que tardo un año en subir, de que tardo una hora en entrar y un segundo en verte y reir...." (Silvio Rodríguez, "Como si tú fueras el comunismo")
Site Counters

Fotos

laguiru todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera